Carta a Dios, segunda parte y final.

 

Final primera parte de Carta a Dios:

(Nos matamos todos o espero que él nos aniquile. Sólo una de las dos soluciones será la que al final cierre el capítulo de mi vida. Esto es así, no hay más. No sé lo que te habrán contado tus acólitos y tus ángeles, pero créeme, Dios, esto es así.)

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En última instancia acudí al párroco. Y de nuevo espero que me perdones por considerarte en último recurso, como solución final. Pero creo que en cuestiones de pareja no debes estar muy ducho, Tú que has estado siempre solo. Además, creo que fuiste Tú quien estableció las reglas. Bueno, no quiero discutir, lo cierto es que acudí al párroco esperando de él algo más que consuelo y me rogó muy enfáticamente que me refugiara en Ti, que sólo en Tu compañía podría encontrar la paz que buscaba. Sinceramente, creo que no me entendió. Yo no buscaba paz, buscaba solución para un grave problema. No sé qué le cuentan las mujeres en el confesionario, pero yo fui a él con la cara descubierta, abierta y libremente pidiendo consejo, una línea de acción, una salida para mí y mis hijos, pero se comprende que entre sus funciones no están las de aconsejarme algo distinto que no sea ampararme en Ti, Señor, y seguir la doctrina de los hombres. ¿Estos son tus hombres, Dios? Pues menudos escarpelos te has buscado.

“Busca protección en Dios -me dijo-, sólo la fe en Él te dará fuerzas y ánimos para continuar”.

Pero es que yo no quiero continuar, Dios. Yo quiero acabar con esta situación y nadie me da solución y esto no acabará hasta que alguien resulte muerto. Por eso recurro a Ti directamente, sin intermediarios, sin curas pusilánimes que temen tus represalias si no cumplen  lo que les has mandado. Dime, ¿qué puedo hacer, Dios? No sé bajo qué techo meterme con mis hijos si me voy de aquélla casa. Estoy tan desesperada que no me importa parecer una niña pequeña escribiendo la carta a los Reyes Magos, con la mayor ilusión del mundo esperando una respuesta.

            ¿Qué hago, Dios?  Si ni aún con todas las fuerzas unidas apoyando la causa –la judicial, la social y la divina-, pueden protegerme, ¿qué debo esperar? ¿He de seguir temiendo, sufriendo la amenaza constante, el insulto humillante, la agresión verbal y física, el menosprecio, tal vez por último, la muerte?

            No es mi caso, pero muchas mujeres en mi situación se cuestionan seguir creyendo en Ti, y te lo digo con honda tristeza, Señor, no vayas a creer que no. Porque las colocas ante un lamentable estado de reflexión, del que solo consiguen caos y confusión. No te sientas cómplice del agresor sólo por haber sido el creador, el padre. Sé consciente de ese tremendo fallo que tuviste al principio de los tiempos y enmienda el error, porque equivocarse es de humanos, pero saber rectificar es de sabios,  y Tú, por lo que todos dicen, debes serlo, Señor. Y perdona la osadía y el atrevimiento de pretender darte un consejo. Es que no sé lo que digo con todos estos problemas, pero incluso sabiendo que no es correcta mi postura, me atrevo a no rectificar, porque me han engañado tantas veces, me han aconsejado en vano y mal tantas veces, que respecto a este intento también me temo que pueda resultar un fraude. Y precisamente en Ti concurren todas las circunstancias: la Judicial, la Social y la Divina.

            Arregla esto, Dios, oye la voz de una descreída. Hazle una señal antes de que pierda todas las esperanzas. Antes de que yo, o cualquiera otra en mi lugar, sigamos teniendo miedo y muriendo a manos de nuestros asesinos.

            Para tu posible respuesta ya sabes mi dirección. En cualquier lugar del mundo, en cualquier bloque de pisos baratos, en alguna de las chabolas del cerco de las ciudades, en los sótanos y en las azoteas, en las casitas adosadas, en el campo y en la playa, en el camping y en el dúplex, en los chalets señoriales, entre grandes concentraciones humanas y entre soledades místicas, tal vez, ¡no!, seguro, en los palacios, en las grandes mansiones, donde quieras que dirijas la carta, allí estaré esperando. En todos los lugares hay una mujer que espera una respuesta. Una respuesta clara, sin tópicos ni convencionalismos sociales o doctrinales. Esto no es cuestión de fe. Es un tema de muerte y malos tratos. No sé si hemos formado parte de un plan macabro, si fuimos concebidas sola y exclusivamente para la procreación que perpetuara la especie y para el desahogo de los hombres. Sea como que sea, en la tierra, en este agujero inmundo que podía haber sido un hermoso lugar, ahora sólo te toca a ti dar la cara. Los hombres han aprendido a esconderse y se ocultan con las manos manchadas. Unos de sangre y otros de tinta.

            No me defraudes ahora, cuando por una vez confío en Ti.

            Espero tu respuesta, confiada

Lola

Esta es la carta que he recibido de esa mujer. Cuando la recibí ya estaba muerta. No tuvo tiempo ni de arrepentirse de no haber pecado.

            Hice una búsqueda rápida a través de esos medios que decís obsoletos y tanto criticáis y averigüé cosas.     

Supe que cuando la entraron en la aséptica sala de aquél hospital de urgencias, su cuerpo era sólo un cuerpo desprovisto de todo, un fardo inerte que chorreaba sangre vencida y cubierto de sábanas que pretendían disimularlo todo. Lo único que le quedaba vivo era un hilo de miedo con el que se cosía las manos sobre el pecho. Lo vi.

            El parte médico que recibí después era frío y escueto. Ella no era importante. Era alguien más sin relevancia, sin historia, un número que no decía nada. Podía pasarle de todo y parecer que estaba destinada a ello, que era algo lógico y natural. Motivo de la muerte: Una puñalada. Una sola. Vital y certera. También es mala suerte…

            Más tarde en los periódicos, leí: “El presunto asesino, esposo de la víctima, que responde a las iniciales A.B.C., ha ingresado en dependencias municipales, aunque podrá asistir al entierro de su esposa, al haber quedado en libertad por falta de pruebas fehacientes que lo impliquen en el asesinato”.

 

Fin