Queridos hijos míos: He recibido carta desde abajo, y os la hago llegar desde aquí arriba. Dice así:

Hola, Dios  

            Perdona si no es ésta la forma más correcta de dirigirme a ti, pero desconozco cuál debe ser el tratamiento adecuado para tan alta Dignidad, aunque si eres el padre bondadoso que dicen sabrás disculpar mi atrevimiento y mi ignorancia. 

El motivo por el que me atrevo a distraer tu atención apartándote un instante de tu infinito letargo, es que… perdona, dios, es que parece que no te enteras de nada, pero desde el diluvio para acá, las aguas no han vuelto nunca a su cauce. Con todos mis respetos, Señor, aquí están pasando cosas muy graves, cosas que parece que no tienen solución, que nos hacen dudar de tu influencia y de tu interés por poner al hombre al frente de tu creación. Cada día hay acontecimientos graves en todas las partes del mundo. Huracanes, terremotos, inundaciones, catástrofes horribles, un genocidio brutal, una guerra… pues como son todas las guerras, crueles, alevosas, comerciales. Guerras asesinas. Se siguen sucediendo las epidemias, crecen los casos de muertes por cánceres invasivos de todo tipo, cientos y cientos de miles de seres inocentes mueren por hambre y desnutrición, por enfermedades que  se esconden tras la apariencia de la perversión y del vicio, como si todos los hombres y todos los vicios no estuviesen contenidos en el mismo catálogo de publicidad que se distribuyó cuando creaste el mundo. En fin, pasan cosas y mañana será igual, en otro lugar habrá otra guerra y otro loco insensible y genocida pondrá el mundo boca abajo y hará que los niños entierren a sus muertos. Suceden cosas muy graves todos los días y en todas las partes del mundo, daños irreparables de los que Tú debes tener noticias, por mucho que disimules. Para eso eres Dios. Tragedias continuas que nos sobrecogen el ánimo y nos dejan indefensos y atónitos y nos hacen dudar de todo, Señor, y hasta consigue que deseemos repartirnos los daños colaterales de tus castigos divinos. Castigos que, por otra parte, nunca he podido comprender, con todos mis respetos, Señor, ni comprenderé nunca, por mucho que me esfuerce. No hay coherencia, no hay proporción. Hay una separación enorme entre los mundos, abismal, diría yo. Y esto hace que todo se reparta mal. La paz, la guerra, los bienes, los perjuicios… Cuando ocurre un huracán en la costa oeste de los estados unidos, mueren ochocientos mil en Haití y media docena en Miani. No hay color, Señor. No hay derecho. Estas cosas no suceden porque sí, a estas anomalías hay que buscarle un remedio. Pero yo te escribía por otro tema que te paso a explicar.

            Sin pretender hacer ningún tipo de comparaciones, sucede otra tragedia cotidiana que no es ni más ni menos cruel y violenta que una guerra o un desastre natural temporal e inevitable. (Te lo cuento porque me temo que no estás enterado. Tampoco en la tierra se enteran mucho de esto. Y me figuro lo que tardarán en llegar las noticias allá arriba, si es que llegan). Es algo que sucede todos los días y en todas las partes del mundo, que causa tantas muertes y tanto dolor como la más grande de las tragedias, como si un mismo asesino rufián duplicado y multiplicado hasta el infinito tuviese la facultad de estar al mismo tiempo en todos los rincones del planeta cometiendo las mismas fechorías. En cualquier punto del globo por aislado que sea, por remoto o pobre, por moderno y cosmopolita que sea. Y, paradójicamente, mientras mayor es el desarrollo de los pueblos, con más frecuencia, virulencia y crueldad se produce el suceso.

            Me estoy refriendo, Señor, al hecho más cotidianamente triste que sucede hoy en día. Al hecho de la violencia de género, de los malos tratos, la vejación, violación y asesinato de tantas mujeres. Se le llama de formas diferentes, pero en todos los casos el resultado es el mismo. Me estoy refiriendo a la agresión efectuada por quiénes se suponen dotados de fuerza y de derechos, hacia los que tienen concedida por tradición la condición de débiles, por el simple hecho de ser mujer, niño o gente en general, físicamente desproporcionada a su agresor. Este hecho, Señor, es una guerra que no podemos localizar en un determinado punto del mapa. Es un genocidio que no efectúa un demente aislado que cada cierto tiempo aparece en algún lugar del mundo y cuando menos se le espera. Este hecho, Señor, se repite incesantemente,  continuamente y desde que el mundo es mundo y desde que a ti te dio la gana de convertirte en cómplice para justificar tu obra.

            Por eso te pido ayuda y por eso no puedes seguir cerrando los ojos ignorando lo que pasa. Porque tú tendrás muchos hijos, pero yo sólo tengo dos. Y muchos de tus hijos no tendrán dificultades para vivir sin ti –de hecho, muchos viven toda su vida sin saber que existes, sin echarte de menos-, pero desgraciados de los míos si yo les falto, si el criminal de su padre me mata un día de estos, como tiene avisado. La verdad, Dios, es que estoy muy confundida, tengo miedo porque me siento desprotegida. Si voy a la policía, salgo con la impresión de que no me han escuchado o es que mi caso es tan frecuente que se lo conocen de memoria y hay una denuncia estándar para todos los casos. Salen disparados si se produce un atraco en la sucursal del banco de la esquina, pero ante mi denuncia permanecen impávidos y rígidos, me oyen como si estuviesen escuchando llover en la estación de las lluvias, y me dicen que vuelva si se produce un nuevo altercado.

            También los servicios sociales me ofrecen su ayuda; de hecho, en algunas ocasiones incluso me han dejado dormir junto a mis hijos en el patio central del Ayuntamiento mientras al padre se le pasaba la borrachera; pero a la mañana siguiente, cuando al fin nos ha dejado entrar en casa todo ha vuelto a parecer normal; y es como yo digo, eso es pan para hoy y hambre para mañana. Insisten en que las mujeres que estamos en esta situación llamemos a un teléfono conectado las veinticuatro horas del día para darnos atención a las víctimas del mal trato, pero a veces no hay nadie que responda a la llamada. Otras veces es tarde, y muchas, por desgracia, no sirve para nada, porque lo que se soluciona al teléfono lo desarreglan las instituciones judiciales. En infinidad de ocasiones la secuencia es ésta: denuncia+ detención del agresor+ mas puesta en libertad sin cargos por el juez o jueza= asesinato.   

Contra esto pondría en marcha una medida más contundente y drástica, una salida que de una vez por todas me abrirá las puertas de la libertad, pero un gran número de interrogantes me condicionan y me frenan a la hora de tomar decisiones. Nos matamos todos o espero que él nos aniquile. Sólo una de las dos soluciones será la que al final cierre el capítulo de mi vida. Esto es así, no hay más. No sé lo que te habrán contado tus acólitos y tus ángeles, pero créeme, Dios, esto es así.

 

Carta a Dios, Primera parte.