Sueño que olvido

«Porque todo lo humano se derrumba:

La razón, la alegría, la esperanza».

 

Rocío Hernández Triano

 

 

 

Sueño que olvido, que todo lo que sé se me ha olvidado. Y entonces ignoro lo que es haber tenido una vida y una mente que almacena recuerdos de los días pasados en estantes de niebla desordenados y caóticos.

Seguí adelante sin saber a dónde iba. Después tuve la seguridad de que solo había que atravesar dos veces más el horizonte para llegar al final del camino.

Lo seguí, pero ignorando hacia donde me llevaba. El horizonte no terminaba nunca. No había comienzo ni fin, ni los peregrinos con los que me cruzaba tenían importancia. Solo perseguía la meta, la consecución de lo soñado, el paraíso de los locos. No importaban las dificultades ni los grandes retos, los seres pequeños no tenían trascendencia y tampoco importaban los retos imposibles, los seres pacíficos ni los violentos. Nada ni nadie. El sueño no se detenía nunca. Giraba en espirales profundos, se abría sobre un manantial inasequible para quien moría de sed, coloreaba un mundo imposible para ciegos, cantaba canciones para animales insomnes que morían de tedio.

Porque durmiendo no sabía que a quien duerme no le importa saber lo que dice el sueño. Tan solo es el partícipe del cuento y ni siquiera para él o para ella se guarda un momento, se protege de un daño o se camufla detrás de un subterfugio. Se muestra tal cual y, lo que es peor, se ve tal cual es, tan infame, tan niño, tan cruel o inocente, tan vulgar, tan idiota, tan princesa, tan sapo.  

Porque cuando dormimos y soñamos todo lo humano que no queremos admitir nos es extraño y estamos inducidos a vivir lo que el sueño introduce al subconsciente. Y deseamos seguir en ese estado. Solo queremos seguir soñando porque solo soñando somos auténticos y vemos lo que la verdad nos oculta conscientemente.

 

Lo peor sucede al despertar, cuando en aquel maremagnun de sábanas calientes y arrugadas te preguntas qué era todo aquello que se revolcaba contigo en el turbio y caótico pozo del subconsciente. Cómo habías llegado a aquel desierto de arenas movedizas que de pronto todo se convertía en un oasis; cómo estabas en las ruinas de Cartago, como en la cola de Carrefour, como en la del paro o sacando número para que te viera el médico de la seguridad social. Cómo habías llegado hasta allí. Quién te llevó. Por qué fuiste, a quien querías engañar…

Cómo fue posible que la verdad solo existiera en tu sueño y que tu sueño fuese algo tan indemostrable.

“Porque todo lo humano se derrumba”, que dice Rocío Hernández Triano. Y solo el sueño es el amparo de los vivos.