Certezas

 

 

Tengo la certeza de que siempre llego tarde a todas partes.

 

Cuando nací ya estaban descubiertas casi todas las cosas importantes y se habían escrito las más grandes y hermosas novelas, realizadas hazañas que creíamos insuperables; se habían construido catedrales, se habían organizado las comunas, la gente sabía para qué usar el fuego y el aceite y de donde había que extraer la leche, cómo se fabricaba la miel y se juntaban y se cuestionaban credos e ideologías, fuesen o no fuesen necesarias. Lamentablemente también se sabía matar, pero eso fue desde el principio de los tiempos. Los rusos y los americanos se repartían la tierra, los dioses se multiplicaban, se había inventado la coca cola, el hombre seguía peleando por todas las cosas grandes y pequeñas que se podían cuestionar, y se preparaba el asalto a la luna y a otros planetas.

 

Por eso yo pensaba que llegaba tarde a todas partes y creía que nada de lo que hiciera ya, merecería la pena.

 

Pero todos buscamos cosas, creemos merecer un segundo escaso de gloria, al menos eso.  Y si no se encuentra el motivo para ello, se inventa, se copia, se falsifica, se hurga en el interior de las cosas hasta saber de qué están hechas las promesas, los desengaños; hasta llegar a fingir que creemos haber descubierto la fórmula del fuego. La vida es eso, búsqueda, insatisfacción, afanes, intentos de cubrirnos de un barniz de purpurina aunque sepamos que desaparecerá con las primeras lluvias.

 

Algunos que, como yo, nos arrogamos sin pudor el derecho a llamarnos poetas, sobre todo al iniciar la búsqueda, andamos infatigables en el intento de hacer visible lo oscuro y clandestino, y solo cuando creemos haber encontrado una pequeña mecha que apenas si prende al frotarnos las manos en las piedras, creemos hallarnos en el umbral de lo perseguido. Como si hubiésemos encontrado el reino de la Poesía que andábamos buscando.

 

Y hasta llegar aquí, yo era humilde como una rosita de pitiminí. Creía  saber bien lo que hacía, estaba segura de que nada me haría creer que superado el primer peldaño ya estaba en umbral. Tenía los pies en el suelo. Perseguía una gramática que aun desconocía y que se disolvía en todos los tonos de la palabra que debería ser, del léxico que no sabía usar; busqué el método del color y di con sus huellas y me dejé seducir por sus recintos lilas, morados, malvas. La guardé en mis bolsillos hasta saber qué hacer con tantos colores recogidos en uno solo, como una biznaga de flores. Después todo fue más sencillo. Pero los colores no eran todo lo que yo estaba buscando. Necesitamos saber quiénes somos, cómo nos definimos, de qué color queremos disfrazarnos, qué sonidos ponerle a nuestras voces.

 

No podemos inventar nada. La poesía ya estaba hecha; los que seguimos llegando no somos ni seremos usurpadores de algo. De nada. Bajemos la expectativa y el testuz.  Y más que todos, más que ningún otro, yo; yo y mis pequeños versos furiosos, mis pequeñas y clandestinas criaturas que llegan trepando sin saber el trabajo que cuesta caminar. Subir la cuesta.

 

Iba a presentar mi primer libro de poemas cuando ya había cumplido sesenta años. Mi primer libro ingenuo, inocente, casi infantil libro de poemas. A pesar de saber que no era lo que parecía, en aquellos momentos de euforia y de ilusión, lo creía todo. Lo superaba todo. Mis amigos, mi familia, mis maestros, mis ídolos, mis pequeños y traviesos dioses me apoyaban. Me mentían.

 

Yo ya entonces lo sabía, y seguía sabiendo que algunos, entre ellos, yo, muchas veces sin pretenderlo, deseamos ser aquello que no somos. Porque seguramente llegamos tarde y nos confundimos y quisimos ser nuestro antepasado y descubrir el fuego, y ser la fuente y conocer el origen del agua, y tener veinte años como si los tuviera detenidos en el corazón, y estar en cada renglón donde se escribe un verso, y recitar canciones que han escritos otros, en el centro de la plaza. Y ser esa hoja volandera que trae el recuerdo de un soneto olvidado; ser el verso suelto de un poema. Ser algo tan necesario como eso; vivir en una esquina oscura de Quevedo, en el centro de un torbellino de Neruda, en la punta del dolor de León Felipe, en la infancia del recuerdo de Machado y en una filigrana verde y oro de García Lorca.

           

Y ser de forma permanente la ilusión de este día de mi primer encuentro con la fantasía de una tarde de magia, en la presentación de un inocente y auto publicado libro de poemas, cuando yo pensaba que estaban vividas todas las emociones; y no era así.

 

Al mundo, al menos a mi mundo ingenuo, infantil, ilusionado, le faltaban mis versos, mi inocente librito de poemas. Todo lo demás estaba ya inventado.