ALAS DE MARIPOSA

 Solo fue la sensación de ver pasar una sombra, sentir un peso liviano que se posó en mi frente y la rápida acción de mi mano al sacudir aquello que más que presencia era una impresión, y en aquella certera manotada al aire, tropieza con la fragilidad de unos colores que caen al suelo junto a la liviandad de un cuerpo etéreo.

De momento supe que había roto algo. Sonó como si un cañonazo hubiese impactado contra una mosca en la casa de la Moneda. Como si hubiese roto el himen de una parturienta.

Estaba a mis pies, en el suelo, como una flor tronchada, pero viva. No sé de qué tacto me valí para recogerla. Era el caso opuesto al bruto de Frodo que acababa de dejar en la clínica veterinaria. El díscolo y cerril encantador perro hijo de nadie, tan obtuso y grande como el tronco de una palmera, aun me miraba desde el interior de la clínica donde quedó ingresado, a través de la puerta de cristales. Parecía que me interrogaba sobre su destino. Lastimoso. Yo lo miraba a él y él me miraba con pena, haciendo un uso despiadado de sentimentalismo manipulador bien aprendido, acusándome de un desvalido abandono emocional. Y luego la miraba a ella, la dulce mariposa inerte a mis pies y a punto de darse por vencida. Aquél vándalo de cuatro patas llamado Frodo no iba a ganarme con sus malas artes.

Hubo un intercambio de miradas comprendidas a medias, sigilosas. Como suelen ser las coordenadas que unen de forma secreta y muda algunos pensamientos entre humanos.

Atribulada, pedí consejo a la veterinaria, que me dio la dirección de un experto que aún podría salvarla. Después de media hora de viaje entre atascos y semáforos, la pobre mariposa continuaba viva pero mantenía sus alas plegadas sobre la servilleta de celulosa depositada cuidadosamente en el asiento del copiloto.

Cuando el taxidermista me dijo que podía hacer algo por ella, me sentí aliviada hasta la extenuación, sentí ganas de besarlo. Se relajaron mis nervios hasta casi romper a llorar. Hasta entonces no supe cuánto deseaba salvarla y hasta qué punto me sentía culpable de su estado. Le entregué el cuerpo de mi delito siguiendo el mismo ritual íntimo y silencioso que había mantenido hasta entonces. Con la misma delicadeza, él la tomó con sus manos expertas y firmes y desapareció  tras la cortina que daba acceso al interior de su taller.

Durante el tiempo de espera observé que era un local muy bien acondicionado, sobrio y elegante, surtido de todo tipo de mariposas guardadas como reliquias en pequeñas hornacinas de madera, protegidas de frente por la gracia de un cristal finísimo.

Mariposas bellísimas y diferentes, singulares y extrañas, de todos los lugares del mundo, con los colores y tonalidades más suaves y delicados que se pudieran imaginar. Sin duda aquél hombre amaba su trabajo. Cuidaba a las mariposas.

Al cabo de un tiempo que no sé determinar, escuché el sonido de las cortinas de plexiglás que separaban la tienda del laboratorio, y tras ellas apareció el hombre menudo y sonriente, con una plácida mirada de satisfacción, seguramente por el trabajo que consideraba bien hecho.

Antes de que me tendiera las manos sosteniendo la caja en la que me figuraba que protegía mi linda mariposa, me temí lo peor. Sin atenderlo a él miré en torno todo lo que me rodeaba. Las paredes cubiertas de pequeños escaparates visuales donde se almacenaban, protegidos del polvo y de todo tipo de huellas, los más bellos ejemplares de lepidópteros muertos.

-Le dije que podía hacer algo con su mariposa- escuché que me decía como si su voz llegara desde dentro de una campana. –Pues aquí la tiene. Es un hermoso ejemplar, pero común.

Sonreía beatíficamente, como un monje protector de un divino tesoro, mientras acercaba la cajita a mis manos y yo lo miraba como si acabara de descubrir al más sádico inventor de fórmulas para dar muerte, de un campo de exterminio nazi.