• Omar
     
     
    El chico introdujo su mano derecha por la ventanilla del coche con tres paquetes de pañuelos
    para los mocos como si fuese una baraja abierta, como un mago que te ofreciera la
    oportunidad de elegir para que sólo tú sepas la carta que él adivinará más tarde; esto, dicho
    así, parece un asunto de magia, pero el chico u!lizaba menos elegancia.
    Estaba distraída y no pude evitar asustarme al ver irrumpir aquélla mano de color
    negro profundo, seguida de un rostro de carbón que sonreía enseñando una %la de dientes
    blancos como la leche. Fue una reacción momentánea de la que el chico se percató. Después
    se puso serio y pareció avergonzado. Pensé cómo sería su rostro si se ruborizara. Su camiseta
    blanca con dibujos de alguna olimpiada olvidada para la mayoría, resaltaba el negro de su piel,
    y el trío de paquetes de pañuelos que literalmente me me*a por los ojos, le temblaban en la
    mano, en una evidente muestra de descontrol funcional. Le puse unas monedas en la mano sin
    pararme a contar lo que iba y rechacé los pañuelos; detrás de mí un claxon repe*a con
    impaciencia una llamada avisando de que el semáforo había cambiado de color.
    El chico sonría evidentemente agradecido, inclinaba la cabeza y repe*a muchas
    gracias, señora, muchas gracias, mama, con una voz que le bailaba entre los labios trémulos y
    enormes. Pero con%eso que cuando llegué a mi casa ya no lo recordaba. Ni Omar ni su sonrisa
    ni su piel negra como de fantasía, como noche que no está dispuesta a clarear y disuelve
    sombras, volvieron a ocupar la más mínima parcela de mi mente durante el resto del día. Sólo
    antes de irme a la cama y mientras me lavaba los dientes, recordé aquélla sonrisa blanca de un
    mar%l ofensivo, encuadrada dentro de un bello rostro alucinado, precozmente perdido en
    mitad de una jungla ávida que no le pertenecía ni lo admi*a. Cuando me acostaba, decidí que
    el chico se llamaría Omar y al dormirme, de nuevo había desaparecido de la antesala de mis
    sueños. Omar fue discreto y no durmió conmigo.
    Admito que solo unos días después lo volví a recordar cuando pasaba ante el mismo
    semáforo y otros chicos como él ofrecían paquetes de pañuelos, siempre sonrientes, mientras
    hacían ostensibles gestos de hambre llevándose la mano derecha a la boca y al estómago
    alterna!vamente. Aquel día alguien volvió a hacer sonar el claxon pero en esta ocasión no era
    por el color del semáforo; los llamaba a ellos mientras alguien sacaba por la ventanilla varias
    bolsas llenas de cosas que, por la apariencia, contenían comida y ropas. Los que estábamos en
    el interior de los otros coches, sin atrevernos a bajar las ventanillas por temor al horrible calor
    del exterior, pudimos ver las expresiones de júbilo, los saltos de alegría y las palabras de
    agradecimiento de los chicos que recibían las bolsas como la muestra de solidaridad y
    desinterés más grande que había visto nunca. Lamenté que Omar no estuviera allí para que
  • hubiese sido par*cipe de semejante fes*n. Y al mismo !empo pensaba que en la comunidad
    de negros repar!rían los bienes entre todos. Después lamenté no haber tenido la misma idea
    que aquella persona anónima. Solo había pensado en la belleza del rostro de Omar, no en sus
    necesidades.
    Luego comencé a pensar en el chico de una manera más seria y calculada y a %jarme
    obje!vos para no hacer planteamientos faltos de coherencia. Alejarme del sensacionalismo.
    Intenté verlo como parte primordial de un todo. Como si en él solo se concentrara un mundo
    duro lleno de injus!cia, desequilibrios, inmoralidades, violencias y atropellos. Desde entonces
    comencé a ver en él, en su sonrisa blanca de inocencia, en su desorientación y su nobleza, los
    per%les geográ%cos de una !erra que encerraba a sus hijos bajo las capas más insostenibles de
    miseria, con el apoyo y beneplácito de todos los otros pueblos de la !erra.
    ¿Qué hacíamos nosotros, mientras tanto? ¿Qué falta de moralidad era la nuestra?
    ¿Buscarles por los colores ver!cales de los semáforos, llevarles bolsas de comida que sobraba
    en nuestras cocinas, ropa que se nos había quedado pequeña? No sé qué más podíamos hacer,
    tampoco era cues!ón de cas!garme ante tanto agravio. Eran los Estados, era Europa, eran los
    gobiernos, sus mandatarios, sus leyes. Nosotros, todos juntos, éramos pocos para dejar
    abiertas de par en par aquellas puertas. No quería echarle las culpas a nadie, pero desde luego
    no éramos los paseantes de a pie quienes debíamos soportar toda la mala baba de la historia.
    Y comencé su búsqueda por los semáforos de la ciudad, ante las puertas de los
    asentamientos de emigrantes, en los locales de acogida y bene%cencia, en los campamentos
    de refugiados. Y mientras más buscaba, más se ampliaba el mapa de Omar, con más urgencia
    se abrían las brechas por donde se escapaba la vida de los chavales negros, de las pobres
    muchachas negras, cas!gadas a vivir fuera del arco de luz de los semáforos. Alguna noche,
    acompañada del mayor de mis hijos, íbamos en coche cerca de las fogatas que les servían de
    lámpara y de abrigo cuando los protegía del frío de las madrugadas, y buscaba su rostro
    asombrado entre las llamas que los mostraban en las ac!tudes más dispares y contradictorias.
    Todos eran Omar. Era imposible encontrarlo solo a él entre los rostros ateridos, asombrados,
    temerosos, de tantos jóvenes que no tendrían más edad que la del hijo que me acompañaba.
    Si viera a Omar lo reconocería enseguida, pensaba yo, porque tendrá la mirada asombrada de
    los que no ven bien, pero creen que abriendo muchos los ojos lo consiguen; porque tendría los
    labios entreabiertos asomando a ellos una pregunta, la sensación de culpa que no podía evitar
    por haberme asustado.
    Pero no lo encontré. Omar estaba en todas partes conver!do en un todo que había
    ignorado hasta aquella tarde, cuando me!ó los pañuelos por la ventana del coche. Pensé que
    me había olvidado de su rostro, pero no era así: su rostro era el de todos; su ruego, su
  • pregunta, su asombro, su miedo, su confusión; su esperanza era la de todos. Mi Omar… Mi
    Omar era un territorio, una injus!cia, un país, muchos países. Muchas injus!cias. Como yo. Yo
    no soy yo. Soy un conjunto de cosas feas que trata de modi%car una conducta errónea, un
    per%l bajo, una geogra:a a la que le falta integridad y nobleza.
    Yo no soy yo. Soy mi País. Y eso es lo que más me cuesta asumir para aceptarlo.