LA NOCHE DEL COMETA 

Aquella era una noche extraña, aunque parecida a todas las anteriores por el denso calor del  ambiente que hacía insoportable permanecer en el interior de las casas. Y en la calle, continuas vaharadas de aire caliente penetraba por todos los rincones alterando los instintos, pero era grato caminar por la acera descongestionada de gente a aquélla hora en la que solo los grillos permanecen alerta, y desde donde los cercanos jardincillos se desprenden de aromas de los pétalos húmedos, de las macetas de flores recién regadas que siguen exhalando sus más diferentes esencias. De entre todos, sobresalía el perfume intenso de la dama de noche, que penetraba descaradamente por todos los orificios de la piel hasta llegar al alma. De pronto sintió un frío de emergencias sensuales y se apretó los brazos contra ella misma.

Habían pasado muchas noches entra ésta y aquélla otra que no consigue olvidar aunque lo intenta, pero entre una y otra no había sucedido nada reseñable; sólo que alguna vez creyó morir, pensó que su reloj se detenía de golpe, que la vida había dejado de tener importancia. Pero aparte de aquello, nada fuera de lo normal y previsible. Habían subido las temperaturas, el cielo parecía haberse elevado sobre sí mismo, dejando un espacio intermedio intensamente negro y estrellado. Tenían un brillo especial  las luces de las farolas que alumbraban la calle a intervalos de suspiro y parsimonia, y hasta el silencio parecía estar expectante, como si pronosticara algo insólito que estaba por ocurrir.

Con todos los sentidos atentos, cavilaba reflexiva en la grandiosidad de aquélla noche percibiendo la presencia intocable en la inmensa bóveda brillante y negra cuajada de estrellas que se sostenía sobre el mundo, y se sintió pequeña hasta lo excepcional, insignificante y nula. Ningún ser humano podría jamás ser tan importante y perfecto como la emoción de sentir aquél grandioso silencio en el que sólo los latidos de la noche se hacían perceptibles a través de los sentidos.

Y entonces fue cuando lo vio mayestático y hermoso ante la nebulosa de su estela plateada. Solo, errante por los siglos de los siglos, diluido en el cosmos de una fantasía que aquélla noche se empeñaba en sentirlo cercano, como un amigo al que estuviera esperando y que por fin llega. Y supo que un hombre solo, una mujer, solos bajo aquélla noche, como estrellas sin luz y extraviados entre millones de estrellas, no son nada. Apenas dos migajas de una nada enorme, perdidos en una fabulosa soledad desértica.

Y sintió algo indescriptible en su interior, como si de pronto se reconociera en una edad lejana, cuando aún se sabía una romántica incorregible, cuando aún era rebelde y subversiva y guerreaba en las calles y portaba estandartes y gritaba consignas, porque sabía que vivían en un mundo imperfecto y soñaba con hacer otro maravilloso, como si de la nada de un sueño se pudieran cambiar tantas cosas…

…Y dejó atrás el perfume de los jardines con sus jazmines y sus albahacas, y el canto chirriante de los grillos que de nuevo se hicieron dueños del silencio, y los pequeños ruidos que se filtraban desde las cocinas cercanas con el susurro de sus cacerolas y el choque fortuito de los cubiertos… Y luego comenzó a elevarse sin despegar los pies del suelo hasta alcanzar al cometa que la esperaba solo en las alturas, en la estrellada negritud del firmamento.