JESÚS

El recuerdo más bello que tengo de mi madre es aquel en el que me sostiene sobre sus piernas y me mira a los ojos muy dulcemente, como si jugara a ver quién resiste más. Estamos en una playa;  ella,  sentada en una hamaca, me sujeta anudando sus manos tras mi espalda en un encaje perfecto y amoroso. Seguro por el sostén de sus manos me balanceo hacia atrás y adelante, y su cuerpo viene tras el mío como si jugásemos a tumbarnos uno sobre otro deliberadamente. Momentos como aquel hubo muchos, pero quizás fuese ese con el que mi memoria hizo un pacto de efecto duradero. Ella me está diciendo cosas, muchas cosas, pero lo que más recuerdo es aquél vaivén como de olas, cuando me contaba que yo no vine del vientre materno como el resto de los niños.

—Tú eres especial —me decía—, tú no naciste de mi barriguita, como vienen los demás niños del vientre de su mamá. Tú naciste del corazón.

—¿Yo estaba metido ahí? —le pregunté, poniendo mi dedo en su pecho de arena salada.

—Si, eras tan deseado y tan querido, que no podías estar en otro sitio más que ahí.

Después dejé caer mi cabeza sobre aquél lugar y seguramente me dormí mientras ella seguía haciendo balancín con su cuerpo, y yo entre sueños imaginaba que bailábamos mecidos por las olas y dejaba que mi cabeza morena saliera de su pecho, del lugar donde yo creía que estaba su corazón.

Es como si toda mi vida hubiese comenzado ese año. No tengo recuerdos anteriores a los primeros meses de clases en el colegio de párvulos donde Ángela era la profesora, ni de otras vacaciones en la playa. Entonces celebré mi primer cumpleaños;  cinco, como si los hubiese cumplido todos de golpe. No hay vida antes de eso. Toda mi niñez parte de aquella época y todos mis recuerdos están solidificados ahí.  Ni padres ni amigos ni Ángela, aquélla criatura solo un poco más alta que los demás, rubia y delicada, paciente como ninguna, tratando de mantener a raya a los quince pequeños aprendices de chantajistas, oportunistas y manipuladores entre los que me encontraba yo. El único garbanzo negro y el que desde el primer día le ocasionó, según le oí decir alguna vez, más de un problema para ocultar la risa. Nos organizaba por colores para que todos guardásemos un orden casi perfecto y así poder entrar a la clase sin alboroto.

A ver, los rojos a la derecha, los amarillos a la izquierda y los verdes en el centro.

Tan linda como era y ya comenzaba a discriminarme. Le di un tirón de la falda y la miré angustiado, temiendo sentirme excluido de sus preferencias.

—Señorita, señorita, y los negros dónde nos ponemos…?

Sonrió, lo recuerdo bien, y me señaló un círculo verde que me había pegado en el babi, a la altura del pecho.

Tú eres de los verdes, Jesús, tu fila es la del centro.

Vaya, que alivio sentí; mi color era el verde, no era el negro el que me diferenciaría del resto de la clase. No sé si a ellos les parecía raro, pero yo me sentía muy diferente entre los demás, y pensaba que por la misma razón, o ausencia de ella, también a los otros niños les pasaba lo mismo.

—Hoy hablaremos de los mamíferos, ¿sabéis lo que son los mamíferos?— Afirmaciones embusteras, negaciones sinceras; yo levanté la mano. Siempre fui de los fanfarrones que pretendían querer saberlo todo. Ella no nos hace caso a ninguno y continúa  —los mamíferos son animales vertebrados que nacen del vientre de la madre, tienen glándulas mamarias porque maman, acordaos de eso…

Vuelvo a levantar la mano, pero aquella criatura divina no me ve y me muevo en la silla molestando al compañero de pupitre. Siempre he sido excesivamente inquieto, nervioso. Yo creo que solo era impaciente y estaba ansioso por descubrir cosas que otros niños ya sabían. Por eso mantenía la mano levantada, pero Ángela seguía con su clase y me ignoraba sin disimulo.

—…y en estos momentos —continúa diciendo ella— todos los que estamos aquí, todos, los niños y las niñas incluyéndome yo, somos mamíferos, porque todos hemos nacido del vientre de mamá y porque en nuestros primeros meses nos alimentamos mamando del pecho de mamá.

Aquella afirmación sólo podía llevarnos a un enfrentamiento acalorado. Desde el momento en que dije a gritos que yo no era un mamífero, supe que aquel día la clase no terminaría bien.

Seño, seño, yo no soy mamífero. ¡Yo no soy mamífero, yo soy adoptado!

Eso lo explicaba todo. Mi resistencia a considerarme un animal mamífero y la necesidad de contárselo cuanto antes a la clase y a la pequeña diosa rubia que me miraba atentamente haciendo extraños gestos con la cara. Ya estaba dicho. Ahora era necesario explicarse.

—Yo nací del corazón, no estuve en la barriga de mamá y no mamé, mamá me ha dicho que no mamé de sus tetitas y que nací del corazón…

Después de tanta sinceridad echada a propulsión respiré tranquilo. Era como si me hubiese desprendido de un secreto que me estaba apretando los pies en los zapatos. Ángela me cogió en sus brazos y me estrechó contra su pecho y noté que reía, aunque cuando pude mirarla a la cara le vi unas lágrimas corriendo hasta su boca que me hicieron sospechar que no estaba riendo. O quizás hacía las dos cosas. Cuando somos niños siempre pensamos que estamos por encima de los mayores porque somos lógicos y ellos hacen cosas que no se explican fácilmente.

Cuando me dejó en el suelo iba diciendo aunque seas adoptado…, pero se detuvo ahí. Me dio un beso y volví a mi sitio muy satisfecho. Miré a mis compañeros con una sonrisa que no me cabía en la cara. Una sonrisa negra de dientes blancos, pequeños, correctos. A los pocos días se me cayó el primer diente y fue otro gran acontecimiento que siguió marcando etapas en mi vida. Pero nada comparable a aquel recuerdo, cuando mamá se mecía conmigo sobre la hamaca y me daba motivos para pensar que en contra de todas las leyes de la naturaleza, yo, negro, no podía ser humano como los demás, y por lo tanto no podía ser un animal mamífero.

           

 

 

 

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