El Toboso, año de 1605

                                                                                                                                   

 

 

Carta a mi señor que dice llamarse Don Quijote:

 

 

Me han llegado ecos de sus palabras que cuentan de amores por mí, humilde servidora y mujer diferente de su rango y abolengo, ya que quiere ser llamado de Don y dice ser señor de tierras y criados. Y he llamado al escribiente, pues ni escribir sé, como podrá figurarse mi señor, para que le haga llegar mis referencias.

Antes de nada he de confesarle, mi señor don Quijote, que soy una mujer de condición humilde, pero alegre y trabajadora. Limpia por demás, donde las haya, y de mí no habrán de hablar otras lenguas pues con la mía sé defenderme y he de hacerlo, señor, ya que carezco de familia que dé su cara por mí. Cosa que lleva de ganancia si decide acogerme como señora de su corazón y de su hacienda, mi señor, como a su fiel esposa y esclava, ya que ni suegra ni cuñados ni otras malas hierbas acompañan mi dote. Voy limpia de polvo y paja y solo mi cuerpo le entrego a sabiendas de que le será suficiente para aliviar el trajín de sus largas jornadas, como llegue la noche y deba reposo a sus andanzas de paladín aventurero.

Mi señor don Quijote y su fiel escudero, así como su hacienda y sus criados serán tan bien tratados y atendidos como solo una señora como yo sabrá hacerlo, ya que soy hacendosa, mujer de costumbres caseras, ordenada y servil como pocas ha de encontrar en parte alguna. Y en cuanto a mis deberes de casada, he de decirle, mi señor, que aunque no lo estuve nunca, ni enviudé ni fui la meretriz de galán alguno, bien que me reservé para serlo sólo de este hidalgo caballero que a bien ha tenido interesarse por mí a los dueños de la posada en la que cobro por servicios de cocina que solo presto para ganar el sustento de mis días.

No soy de nadie, mi señor don Quijote. No tengo dueños. He sido siempre libre, pero por el amor de su clara palabra y de la nobleza que su figura irradia, estaría dispuesta a ser su esclava al tiempo que su guardiana y su familia entera. Yo sería su fértil campo de Criptana, su brega y su descanso, su jornal, el agua de su aseo, su alimento, su sal y su mortaja. Y su rocín también, que veo que bien cabalga sobre su cuerpo estrecho de huesos y fatigas. Y si encima de tal cabalgadura huesuda y descarnada lo hace bien, imagino cómo lo hará sobre mis anchas caderas y mis prietas audacias.

Toda mi dote es lo que ve cuando me mira, mi señor. No tengo otra fortuna que mis pobres palabras, mi sincera alegría y mis ganas de amar a un caballero que, como usted, Alonso, no distingue encajes de princesas de percales deslucidos de una tosca manchega como yo. Al contrario de usía, caballero Don Quijote, que luce su opulencia verbal y física tan a las claras luces del día, yo, toda mi alcurnia la conservo dentro par alguien que, como vos, sabrá apreciarla.

Y ahora, mi señor, sin extenderme más en lisonjas, (que he de pagarle al escribiente), me retiro, que mientras más palabras escriba más sueldos he de agregar a su petaca. Si tiene a bien concederme el don de su presencia, estaré donde siempre, echando vinos sobre las jarras de algunos que quieren conquistarme con mimos y adulaciones, mientras yo solo pienso en su embeleso, mi caballero andante de la hidalga y triste figura. Si al entrar en la posada cansado, sudoroso y abatido me viera sonriendo y charlando con mi alegre parroquia, piense que solo así me gano unas migajas de sustento. Y que mientras antes me retire del trabajo antes podrá disfrutar de todas las ventajas de mi amor de mujer carente de caricias y galanteos, que seré honrada de recibir de tan hidalgo y distinguido caballero, como lo es vuestra señoría.

 

Así pues, mi señor Don Quijote, quedo a la espera de su respuesta, anhelante y rendida por saberme objeto de sus intereses tan galantes

 

Se inclina reverente ante usted esta que lo es, Aldonza Lorenzo, a quien su merced ha dado en llamar, a mucha honra, Dulcinea del Toboso.