COVID 19

 

Tiene nombre de dibujo animado o de juego de internet o de la serie ERASE UNA VEZ EL HOMBRE, relatada puntualmente por Fernando Simón, un científico, desconocido hasta ahora.

Más que en lo que dice, yo me fijo en sus jerseys y sus camisas, cada día distintos, cuello a la caja o rebeca de cremallera, planchados y perfectamente limpios; parece venido de un paseo en el campo o una granja avícola.

Le sientan muy bien y él lo sabe; a mí me recuerda a los que llevaba un antiguo novio mío, siempre conjuntado; tiempo de protestas en la universidad y guateques en las azoteas de las casas, mientras el DÚO DINÁMICO, a golpe de pickup, cantaba el REISTIRÉ.

De esta guisa Fernando Simón nos informa de contagios y muertos;

mascarillas y sanitarios al límite de sus fuerzas, que se juegan su vida desprotegidos y sin el material necesario: enfermeros, médicos, guardias civiles y demás fuerzas de seguridad dan su vida por los demás, voluntarios que ayudan a Caritas y al Banco de Alimentos, mientras el resto cumplimos las reglas del confinamiento.

Simón es un personaje cercano en las distancias cortas; armonizado y sereno; en medio de tal desgracia se agradece la estética de su ropaje; ejerce una atracción incomprensible sobre las mujeres, mientras él maneja los tiempos; lo más que me parece es una curva estadística, pura y dura, aunque confieso que tiene su morbo.

Ha sido acusado de mentir y trastocar datos; pero yo suelo creerlo, porque detrás de esas cifras frías y aterradoras muestra una gran humanidad.

Él mismo ha sufrido el contagio y ha seguido informando, lleno de goteros y cables; demacrado y sucio, la mirada apagada de sus ojos azules. Ha sido su peor momento.

El COVID 19 no se puede comprender sin su presencia; Simón no solo nos relata la pandemia, sino la historia de la Humanidad: desde antiguo epidemias y pestes diezmaron las ciudades, igual que ahora el COVID 19; la más devastadora de todas, la Peste Negra, asoló Asia y Europa en el S: XIV, provocando muchas muertes. Brueghel la describió muy bien en su óleo EL TRIUNFO DE LA MUERTE, solo comparada a la ocurrida en época del emperador Justiniano o a la peste Antonina.

Dicen que esta pandemia que padecemos la ha provocado un murciélago, pero yo la creo salida de un laboratorio, aunque cierto es que son las ratas y las pulgas las que tuvieron mucho que ver en el pasado,

Según estadísticas, el COVID 19 ha dejado en España 219000 contagiados y 40.000 sanitarios afectados; los peores parados los mayores y las residencias de ancianos; personajes famosos y no tan famosos; médicos, enfermeros, periodistas, contagios y algún que otro familiar; la población confiscada en sus viviendas, los más afortunados en chalets y casas de campo; otros en sus pisos, más o menos grandes, casi dos meses sin ver el sol y un país parado al que se le ha destruido su economía.

Cada cual resiste como puede con temor al contagio.

Me considero afortunada porque tengo perro y eso me permite ciertas licencias, salir al parque, cuya soledad impresiona, como si el flautista de Hamelin hubiera venido con su flauta a llevarse todos los niños.

Mientras, fuera de las cuatro paredes de los pisos, sigue estando la tragedia:

Los ancianos muertos en las residencias, los entierros sin nadie, los cadáveres apilados en las morgues, las imágenes de las filas de féretros; el destino de las cenizas, que, quién sabe, cuando devuelvan a sus familiares serán restos de los suyos o vayan a los cementerios a ponerle flores al soldado desconocido.

El ocultamiento de la muerte, de más de 30.000 cadáveres, en su mayoría abuelos, que ya no producen; hay un rechazo a los viejos, apartados y solos, dejados a su suerte, tal como relata Aldus HUxley en UN MUNDO FELIZ.

Y esta es la enseñanza que debemos extraer del COVID 19; después de él no seremos los mismos: vendrá el paro y la miseria, la bajada de las pensiones, los cierres de bares y establecimientos; ni alemanes ni ingleses acudirán a nuestras costas en busca del sol y del buen clima; no podremos viajar a París, ni pasear por las orillas del Sena, ni ver al Papa Francisco en el Vaticano.

Es mi hora marcada por el gobierno; ya puedo salir a pasear sin que los guardias me digan nada; Fernando Simón no saldrá a informarnos hasta la noche; pienso en su parecido con el personaje de ERASE UNA VEZ EL HOMBRE; si habrá disminuido el número de muertos, de qué color será su jersey y los cuellos de su camisa, ahora que no salgo al balcón a aplaudir a los sanitarios, ni a cantar el RESITIRÉ, porque ya no resisto.

Y luego la nefasta noticia de que mi siquiatra también se ha contagiado del CORONAVIRUS. SOLEDAD ZURERA