SE EQUIVOCÓ LA PALOMA

Se equivocó la paloma.

Se equivocaba…

 

Así es como comienza uno de los más  célebres poemas compuesto por  nuestro querido y universal poeta gaditano, Rafael Alberti, y que hoy, me trae a colación, tras la reciente celebración  anual, que en todos los colegios y centros educativos, se viene desarrollando por del día de la No Violencia.

Fecha  funesta, si cabe, ese treinta de enero, que conmemora el fatídico asesinato del líder pacifista Mahatma Gandhi, ocurrido en Nueva Delhi,  India, en 1948.

Un poema,  como venía diciendo al principio, de los más célebres y enigmáticos, y  que forma parte del que fuera su primer libro escrito en el exilio: Entre el clavel y la espada.

Sorprende su desnuda sencillez; tanto en el léxico como en su estructura. Los  paralelismos, los juego de contrarios,  el uso de sustantivos, sin apenas verbos,   y que  tan  hermosamente supo musicalizar el compositor y pianista  argentino Carlos Gustavino (1941).  

Cantado , versionado,  y popularizado en diferentes idiomas y por diferentes intérpretes como: Sergio Endrigo, Toña la Negra, Horacio de Molina,  Joan M. Serrat, Mercedes Sosa, Ana Belén etc.

El poema desde el principio fue un enigma, confiesa R. Alberti en su Arboleda Perdida. Y ciertamente,  el poema tiene su historia.

Escrito al comienzo de su doloroso exilio  en París, en la casa de sus amigos, el  poeta  Pablo  Neruda y Delia del Carril,  donde él  y su pareja, la escritora María Teresa León, fueron  hospedados por un tiempo.

Cuando llegué a París –continúa explicando en su libro de memorias-

 mi estado espiritual era negro… Poseído de no sé  qué extraños impulsos, comencé a escribir una canción cuyo comienzo era “Se equivocó la paloma”  cuando llegué al final me quedé sorprendido…no comprendía yo cómo en aquel sumergido estado de angustia en que me hallaba me había podido salir una canción como aquella. Abriéndose vuelo entre los cielos y campos de muerte que arrastraba conmigo,  aquella paloma había llegado hasta mis manos.

…Quedé sorprendido…

La compleja significación simbólica del poema,  la visualización de la paloma en sus reiteradas e ingenuas equivocaciones,  ha llevado a diferentes  lecturas e interpretaciones por parte de los  estudiosos.

A mí me gusta creer en la idea de que  la paloma nunca estuvo equivocada. Vista  como símbolo, no sólo de pureza y de  esperanza, sino también,  considerada desde la antigüedad como símbolo del espíritu o del alma, esta idea no tendría que  parecer tan extraña.

Un pensamiento que,  casi sin querer,  me retrae a ese saber intuitivo del que hablara en alguna ocasión, José Ángel Valente, cuando decía que el poeta debe vaciarse de su propio yo,  para dejar que el Universo hable.  Algunas de las afirmaciones de María Zambrano, o  a el mismo San Juan de la Cruz,  que, justamente definía la poesía como ese saber no sabiendo.

Me gusta pensar en la idea de la paloma, como encarnación misma de la poesía,  sabedora de esa verdad última de las cosas. 

La paloma  tantas veces, pintada y coloreada por los alumnos de primaria,  lejos de ser torpe e ingenua en sus reiteradas y tontas equivocaciones, como así mismo nos quisiera hacer creer el poema  a simple vista,  lo que está,  o eso quisiera creer, es revelándonos uno de los más grandes  misterios del hombre y de  la naturaleza.

Y esa verdad implica, sencillamente,  llegar al conocimiento último de que el  Norte y el Sur es lo mismo, de que el mar y el cielo es lo mismo, al igual que el calor y la nieve… porque Todo, nos dice el poeta, es Uno.