Homenaje a Domingo F. Faílde

A alguien escuché decir que los poetas nunca mueren, sólo fingen estarlo.
El once de febrero, hizo justo un año que el Poeta Domingo F. Failde; ese chico malo al que le gustaba el rock can roll, está fingiendo una muerte que no es tal. Más vivo que
nunca permanece y permanecerá en la memoria de muchos de nosotros que lo
conocimos, en su poesía, en los presentes y futuros lectores de su excelente y profusa
obra.
Nacido en Linares y licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Granada,
Domingo, ejerció de profesor de literatura en la ciudad de Algeciras, donde fue
residente durante muchos años, antes de afincarse en Jerez.
Promotor de revistas y otras publicaciones, fue fundador de la Asociación Andaluza de
Críticos Literarios y coordinador del suplemento cultural La Isla (del Diario Europa
Sur) obteniendo numerosos premios y reconocimientos, y publicado más de una
veintena de libros.
Cronológicamente pertenece a la generación de los novísimos, aunque él se denominara
a sí mismo de la generación del 70 o mejor aún, la del 68 del mayo francés.
porque el hombre está solo en el misterio es que escribe poesía. Dijo en una ocasión
cuando le preguntaron.
Ex militante del partido comunista, no dejó de sentir también la palabra como alegato
ante el poder que alinea, y contra aquellos que aceptan sin más su tiranía.
Poeta y escritor íntegro. Su poética es existencial, introspectiva, amatoria, pero también
irónica y mordaz. Con esa melancolía andalusí –como dijera su gran amigo; Juan José
Tellez, al definir algunos de los rasgos de su poesía.
Tuve la suerte, como muchos de los que hoy estamos aquí, de conocerle, de haber
compartido con él vino y mantel, junto a su esposa; Dolors Alberola . Y descubrir esa
otra cara lúdica, divertida, algo canalla que nos hacía pasar veladas increíbles.
A ese Domingo, divertido, gozador -batería de música de un grupo de Rock can roll-
amante de Jhon Lennon y de Louis Armstrong , a ese Domingo, que hubiera preferido
ser, mejor obispo o chica de cabaret, antes que poeta, que disfrutaba con la música de
EditPiaf y de un buen vino.
Amigo de Virgilio y de Catulo, pero capaz de levantarle la falda o darle un achuchón a
Celestina… a ese ilustre amigo, tertuliano de raza, del que tanto aprendimos, y que nos
hacía pensar y reír. A ese poeta que a la luz del celindo solo finge estar muerto,
quiero rendir un homenaje.
Porque ningún homenaje es bastante para un hombre, un poeta, un amigo, que con amor
y humildad, lo dio todo por ese paraíso que habita siempre en la Poesía.

(Febrero del 2015)