El libro del estanco

 

 

El viento me araña la piel, me empuja con la bravura de su cuerpo, mientras penetra su voz de ruido por mis oídos. Entrecierro los ojos y creo verlo, perdido e indeciso, ondulándose de un lado para otro.

‘Mi naturaleza carece de adjetivo’, le imagino decir. ‘Pero para ti, seré lo que quieras’

Mis ojos se sonríen inocentes, conmovidos, viajando rumbo al horizonte, ‘Dime que eres cómplice de mis pensamientos, Piel de Viento’

Una bandada de pájaros de pluma negra, atraviesa el cielo de esta tarde noche, aún bañada de azul celeste y esponjoso blanco. Se pierden entre los edificios, batiendo sus alas con la increíble rapidez y elegancia natural que aflora de sus instintos.

Permanezco ahí, intentando distinguir; pero el sonido de sus vuelos se confunde entre tanta Piel de Viento, y aguanto, un poco más, ahora que el viento afloja, para rendida acabar dejando el balcón atrás al introducir mi cuerpo frío en el salón.

Me abrigo con la sudadera que cuelga de una de las sillas mientras me dirijo por inercia a la cocina. Apago el fuego de la vitrocerámica, y dejo la olla a presión bajo el foco de calor que va esfumándose.

La calidez va cobijándose bajo mi lengua, arrullando los sueños de mi boca. ‘Se siente tan bien’ pienso, a la vez que descanso mi cuerpo bajo una silla sin respaldo al lado de la ventana.

Fijo mis ojos en el pequeño libro de bolsillo color verde césped que reposa sobre la mesa de mármol situada en frente de mí. Pequeño y desgastado libro, que compré hace un par de días en un estanco de Cádiz.

Lo encontré sin querer, cuando paseaba por las callejuelas del centro camino de mi universidad.

Me podría haber parado en cualquier otro de los tantos estancos que hay en el centro de Cádiz a comprar tabaco, pero ese me produjo cierta curiosidad al hallarlo ligeramente escondido y envuelto por una especie de magia, en una de las bocacalles. Una vez entré, me topé de bruces con lo inesperado, ¿Quién me iba a decir que en un estanco iba a ver una antigua y polvorienta estantería de madera con libros de segunda mano?

Convencida, me dije, ‘¿De qué te sorprendes? los libros nos buscan, nos guían a donde están y nosotros, sin saber hasta llegar el por qué, nos dejamos llevar por ellos’

Colgando de la primera tabla, se dibujaba en un cartel, “Libros a un euro”

‘¿Sólo un euro?’, pensé sorprendida.

Se apiñaban unos encima de otros, estando los del fondo tan escondidos, que daba miedo meter las manos ahí por si los de delante se caían.

Comencé a rebuscar, a leer títulos sin parar, hasta que uno me llamó especialmente la atención, “Algo más que un secuestro” de Sophie Weston.

‘Título potente, sin duda’, sentencié.

En el reverso, la tan esperada sinopsis para mi curioso cerebro.

“Cuando Julia Lennox emprendió un viaje de negocios a un país centroamericano, no imaginaba que se encontraría en medio de una revolución, ni que sería secuestrada por el enigmático Roberto Madariaga. Con él tendría que convivir en un pueblo de las montañas, sin posibilidad de escapar. Después, Roberto le aconsejó que, por su propia seguridad, ambos fingieran que eran amantes. Pero, ¿Qué era lo que pretendía en realidad?”

‘Parece una deliciosísima historia’, deduje enseguida.

‘Julia Lennox, ¿A quién me recuerda ese apellido?’, cavilé.

‘¡A Susan Lenox!, título del poema de Juan Eduardo Cirlot’

Al darme cuenta, lo tomé como una señal más que indicaba una suerte de encuentro, entre el libro del verde césped y yo.

Y Susan, Susan Lenox, sólo el nombre del poema me seduce por entero, “Aquí estoy, en un bar, bebiendo vino…”

Y yo, que no puedo leerlo sino es bajo la hipnotizante voz que mi cabeza reproduce, de la que siempre será mi profesora de poesía. Mi hermosa Dolors Alberola.

Tan embobada, aquella tarde de verano, en la que lo recitó en clase por primera vez.

Finalmente, al terminar las clases en la facultad y ya en la estación, me encontré embebida en aquella historia entre Julia Lennox y el enigmático Roberto Madariaga, una vez me subí en el tren de vuelta a casa.

Sin duda, ese libro estaba esperándome…

Esperándome, como espera en el lugar menos esperado, un nuevo amor.