LA FABULACIÓN AMOROSA QUE NOS SALVA

(Un divertimento sobre Corín Tellado)

En algún sitio escuché que El Quijote fue recibido con una carcajada, que con el tiempo se transformó en sonrisa y acabó en una lágrima.

Entonces recordé que la obra más leída en lengua castellana es el Quijote. Y, con esta sabia inconsciencia con la que mi mente establece correlaciones paradójicas, recordé que la segunda más leída era… ¡Oh, cielos! Y se me escapó por entre los labios su nombre. El nombre prohibido.

Pronuncié “Corín Tellado” en el foro de conspicuos escritores y cultivados intelectuales al uso, y vi torcerse los gestos a mi alrededor, como si todas las mímicas presentes hubieran lanzado su anatema inapelable con el que se me condenaba a la hoguera o, cuando menos, con la clara intención de expulsarme para siempre del exclusivo paraíso de los elegidos, de los tocados por el dedo de la intelectualidad. Los vi a ellos, habitualmente tan insolidarios entre sí, súbitamente cohesionados por obra y gracia de mi insolencia literaria. Los vi empuñar con cólera y sin piedad aquella espada de fuego en que se convirtieron sus miradas, y sentí un pánico idéntico al que me acompaña desde el mismo momento en que descubrí que ciertas aficiones mías deben ser tan plebeyas a los ojos de los puros (¿o serán puristas?) que las puertas de entrada al olimpo de los dioses de las letras quedan cerradas para siempre.

Y, sin embargo, Maria Socorro Tellado, -Corín Tellado digo-, Corín y yo sabemos que, aunque en esta vida -más por lo corta que es que por lo inalcanzable del intento- no es posible tener todo lo que necesitaríamos para creernos unos seres felices, nadie puede impedir -más por lo barato que es que por su consistencia- que imaginemos poder andar y recorrer un horizonte inacabable hasta alcanzar el infinito.

Esa es la magia de los fabuladores: poder crear el mundo sin necesidad de mendigar una hipoteca ni tener que detenerse a descansar el séptimo día.

Puestos a fabular -que de eso se trata hoy- pongamos que somos los amos del tiempo, y tenemos tiempo para investigar el fenómeno “Corín Tellado”.

        Pongamos que no ha pasado el tiempo. Que llevamos faldita plisada de lanilla, camisita de mangas de farol, calcetines tobilleros calados y zapatos de charol abrillantados con leche; quizá luzcamos hasta una chichonera, sujeta con dos lañas hábilmente disimuladas encima de unas trenzas que empiezan a parecernos insufribles, porque nos impiden ser tan mayores como nos creemos, y como esas jovencitas que salen en las revistas para mujeres elegantes y que llevan el pelo cortado a “lo guasón” como decían por mi tierra, o a lo garçon como se decía en Francia. Pongamos que fue ayer mismo cuando se nos amontonó la sangre en los carrillos y se nos alborotó el pulso en las sienes cuando nos cruzamos con Juanito, ese muchachito de pantalones bombachos, cuyos pliegues a la altura de la rodilla se rematan en una tirilla abrochada en los laterales, hasta donde llega el puño de unos calcetines de rombos que realzan las formas aún casi infantiles de unas piernas que comienzan a atesorar pelusilla y ganas de echarse a correr sin saber muy bien hacia dónde.

Pongamos que, buscando una disculpa para echarnos a la calle sin que nadie tenga que decir que salimos a ver si volvemos a cruzarnos con Juanito, se nos ocurre de repente lo de los tebeos, y buscamos la ayuda de esa navajilla que le ganamos en el patio de recreo a nuestra compañera de pupitre jugando al clavo, cuando ya no le quedaba terreno que perder.

Lo de los tebeos lo cuento de seguida, en cuanto aclare cómo le gané a Maricela -creo que se llamaba así- su navajilla, para lo que tengo que aclarar que donde hoy hay asfalto antes había empedrados, y en el patio de recreo de las escuelas, donde ahora hay hormigón para que los balones de baloncesto boten en condiciones, y en lo que ahora está enlosado para que no se hagan charcos cuando llueve, antes había tierra apisonada que daba mucho de si a la hora de acotar un cuadrado de terreno a punta de navaja, repartiéndolo entre dos jugadores. El juego consistía en colocarse a pie fijo en el terreno propio, lanzar la navajilla sobre el ajeno sin que la herramienta se saliera de él, y, una vez hincada en tierra, arrastrarla en el sentido marcado por su filo, recortando un lote del terreno perseguido, que uníamos al privado. Así fue cómo un día le gané a Maricela (o como se llamase) todo su terreno, y su mejor navajilla, a la que le puse en nombre de Bienvenida.

Volvamos ahora a lo de los tebeos.

Pongamos que, con la ayuda de la Bienvenida, sacamos de la alcancía unas cuantas perras gordas, y echamos a correr calle abajo como lo que somos todavía: aprendices de adolescentes que sabemos que en la esquina de la Calle de la Fonda, en esa tiendecilla donde venden paloduz, barras de brea, cromos de santos, de futbolistas y de artistas de cine, y aparatos de fly para las moscas, también cambian tebeos de todas las historias que puedan imaginarse, y alquilan novelas del Coyote para niños y novelillas de Corín Tellado, esa mujer que dicen por ahí que no puede ser que sea una buena mujer escribiendo las cosas que escribe; porque esas cosas que cuenta, y esas maneras de arrimarse a los hombres que refiere solo pueden escribirse habiéndolas probado primero en carne propia. Y, en cuestiones de enamorisqueos, esas maneras no pueden ni mirarse de reojo, y hay que huir de ellas, y de los malos pensamientos que incitan, como de la tiña, y estar a lo que Dios manda, que es lo de dejarse de fantasías pecaminosas y entregarse a “concebir con dignidad o apearse del tálamo nupcial” -como le espetó allá por los años 50 del siglo pasado aquel célebre profesor granadino de Derecho Natural a su flamante esposa cuando la naturaleza se le alborotó con los primeros intentos de acceso-. Eso es lo que hay  que hacer: dejarse de fantasías y ponerse a “hacer uso del matrimonio” y a parir hijos “para ofrendar nuevas glorias a España[1]”, vocaciones a los seminarios, madres abnegadas y niñas con la medalla de hijas de María que no les dé la ventolera de ponerse a escribir como marimachos o como pendones desorejados o verbeneros, que ambas adjetivaciones degradan al pendón de su cualidad de lábaro o gallardete para convertirlo en mozuela de dudoso alegramiento como parecía serlo la tal Corín Tellado, cuando la pobre mía, a decir de las crónicas, nunca pronunció un  “te quiero” en condiciones. A pesar de lo cual, escribió sobre enamoramientos, amoríos, amores y desamores como si se hubiera especializado en la materia antes de que el mundo fuera mundo.

Si ya lo dijo desde el púlpito Don Justo, en el sermón de la misa mayor de aquel domingo: que a ver si mirábamos más lo del Índice del tablón del peristilo de la iglesia y nos enterábamos de que, quien leyera cualquier libro de los allí reseñados, o fuera al cine, a la sesión de noche, a ver películas tan picantes como la de “Arroz amargo”, señaladas con cinta de color negro en el cajetín, estaban directamente excomulgados. Y, claro, con tanto pecador, luego, llegada la confesión general de la cuaresma, a él se le amontonaba el trabajo y el aburrimiento escuchando la retahíla de pecados semejantes.

Pongamos que yo, que por entonces leía con ansia hasta la etiqueta del aceite de hígado de bacalao, nunca vi relacionadas en el Índice las novelas de Corín Tellado. Por eso no tuve reparos en cambiar y descambiar y alquilar aquellos pedazos de imposibles sueños amorosos como los que nos proporcionaba en su tiendo de cambiar tebeos María la de Lerma, cuando por el invierno no podía sacar su carrillo de los helados a la plaza y tenía que ganarse la vida con lo del intercambio de tebeos, entregas del Coyote y novelitas de la Corín.

Lo que yo no sabía es que la desgracia estaba por llegar; y llegó en forma de catequista que, por ayudarme a recoger del suelo lo que mi cabás había vomitado al abrirse la falleba tras un trastabilleo de piernas que se pusieron endebles al ver entrar a Juanito con sus primeros pantalones largos, se topó con la última adquisición de alquiler.

Mi secreto, mi gran secreto, aquella novela de Corín Tellado, “Mi novio el afilador”, arrancaba desde el suelo de la iglesia extraños brillos de “vade retro satanas” en los ojos de la catequista.

Pongamos que lo que tuve que escuchar aquel día sobre Corín Tellado y sus vergonzosos -que no vergonzantes- lectores, en forma de algo más que amonestación y penitencia, se me quedó grabado para siempre, y fue creciendo más de lo que crecía mi cuerpo durante los años de mi juventud; y tomó descomunales proporciones de pecado solitario y vergonzante (que no vergonzoso), semejante a lo que pudiera ser el fenómeno actual de esa cadena de televisión que todos dicen que retrasmite bazofia y sentí la misma vergüenza de los que ahora, tiñéndose la frente de ceniza, abominan y reniegan de ella, y afirman que no se permitirían a sí mismos mirar nunca, a pesar de conocerse al dedillo las entretelas y miserias de cada uno de sus jaraneros personajes.

Crecí (¿crecimos?) los aprendices de escritores de entonces, y atravesamos la segunda mitad del siglo XX, convirtiendo en innombrable el nombre de Corín Tellado, mientras que la sociología, de la mano del profesor Andrés Amorós, poco sospechoso de superchería o ignorancia, en su Sociología de una novela rosa (Taurus, 1968) se ocupaba de mi entrañable personaje, Maria Socorro Tellado, aquella mujer que me precedió en el nombre y me aventajó sin remedio en las hechuras y las abundancias -que no en las ganas- de escribir.

Aquel año 1968, en que conocí por primera vez la emoción de lo que era atravesar una frontera, y caminé Francia en plena revolución del “prohibido prohibir”, y compartí oraciones de todas las creencias en la Iglesia de la Reconciliación de Taizé, y recorrí con una mochila a la espalda las rutas del movimiento  de pacificación entre jóvenes alemanes y franceses de Pax Chriti, y atravesé el túnel de San Gotardo en un Citroën “2 caballos” que gastaba más aceite que gasolina hasta llegar a Italia, alcanzando a leer en un periódico  en las calles de Roma que los rusos, de los que apenas sabía que eran por lo menos tan malos y pecadores como mi oculta Corín Tellado, habían invadido Checoslovaquia -que debía quedar muy lejos-, aquel año en que el profesor Amorós se atrevía a mencionar el nombre de la deslenguada escritora de novela rosa con el respeto que le confería el estar convirtiéndose en un fenómeno literario más que en un anatema, comencé a “medioquererme” delante del espejo, y a usar mi nombre como amuleto.

Pongamos que, hacia 1972 hacía yo mis primeros pinitos literarios serios, cuando de nuevo fui acometida por las dudas sobre mi afición a Corín Tellado. Para entonces ya era nada menos que una engreída Maestra Nacional, que había comenzado su andadura en una escuela del extrarradio de Jaén, en la recién inaugurada Campaña de Alfabetización de Adultos, a quienes, en la biblioteca que creé mediante una petición de libros sobrantes insertada en la revista “El pan de los pobres”, les faltaba tiempo para echarse a leer a mi “ídola” en cuanto conseguían medio dominar la magia de juntar letras y convertirlas en palabras. Y, como Parvulista por oposición, me había empleado a fondo con los pequeñajos de los 300 habitantes de Salvacañete (Cuenca), o con los muchos más de Madridejos (Toledo) y Vallecas Villa (Madrid) utilizando el método Onomatopéyico[2]. Cuento todo esto para decir que estaba tan poseída de mí misma que me daba un no-sé-que tener que guardar -vergonzosa y avergonzada- el secreto vergonzante de que leía novelas de Corín Tellado, cuando todo un catedrático de literatura como José María Diez Borque había descalificado ‑¿descalificado?- la creación de Corín Tellado como  “Literatura y cultura de masas” en su “Estudio de la novela subliteraria”.

¡Subliteraria!

¿Podía SUB-titularse de forma más infamante una manera de hacer LITERATURA?

Ya se sabe que lo que se proyecta sobre un espejo se refleja tras el mismo. Y yo estaba detrás de aquel espejo en el que se reflejaba con mi mismo nombre una mujer ya madura que, como ella misma confesaba, aprendió de la censura a saber sugerir más que explicitar; de forma que eran los velos con los que envolvía su mercancía de palabras los que provocaban sin remedio los más intensos deseos de levantarlos y desnudar el cuerpo oculto de una escritura censurada.

De repente llegó 1973, con Leonardo Acosta y su mención a “Penetración cultural en América Latina” desairando nuevamente a Corín Tellado con ese afán con que al otro lado del Océano se obcecan en su eterno amor/odio a lo español, mientras nosotros le abríamos las puertas y el corazón al boom sudamericano de Vargas Llosa, Julio Cortazar, José Donoso, Juan Rulfo o Gabriel García Márquez, y a una novela  del colombiano Jorge Isaacs, emblemática del romanticismo, que venía a iluminar la trayectoria emocional de mi querencia por Corín Tellado.

Tendríamos que remontar el siglo XX para poder entender el verdadero sentido literario, sociológico, críptico, feminista, libertario, tesonero…etc., de Corín Tellado.

Ella vino a iluminar con fantasía el oscurantismo del amor de los años mas tristes de nuestra España. Ella fue una mujer que quiso vivir sola, des-enamorada de su marido apenas tres años después de su matrimonio. Ella obtuvo reconocimientos expresos y censuras morbosas. Ella es la escritora en lengua española más leída tras el Quijote. Ella entendió que la literatura sana la enfermedad más terrible entre las más terribles: el desamor. Y fue nuestra sanadora: la sanadora de toda una generación de mujeres que seguíamos siendo un manumiso: algo sin capacidad civil para actuar, que  pasaba de la potestad del padre a la del esposo como pasa una vejilla de lujo a la que hay que usar poco para que no se despostille una pieza echando a perder el conjunto.

Ella fue la pieza desportillada.

Ella, precisamente ella, Maria Socorro Tellado, Corín Tellado, merecería un estudio, una atención mucho más profundos por parte de todos los escritores, y de los lectores que en el mundo son y serán, si de verdad queremos saber lo que significan las distintas y más misteriosas funciones de la literatura con independencia de su estructura.

 

[1] Himno de Valencia

[2] Método para aprendizaje de lectura ideado por el pedagogo colimense Gregorio Torres Quintero