BABILONIA DE YASMINA REZA

Comienzo con las recomendaciones, que las justificaciones van de suyo y no es cuestión de perder el tiempo. ¿Recomiendo la lectura de este libro? A ver, si te regalan el libro, léelo que no pierdes nada… ni el tiempo. Ahora bien, si te cuesta la pasta espera mejor ocasión a mantener tu línea cultural. Porque esa es la cuestión, este libro no sirve para eso, es libro tipo pepe –perfectamente prescindible–. Nadie te va a soltar “¿has leído lo último de Yasmina Reza”, como las preguntas del mismo corte con que algunas blobas presumen de estar a la última; para eso basta por ahora con Raphaëlle Giordano, hasta que nos aburramos de esos títulos eternos que gasta.

Babilonia tiene una cosa de bueno, que el libro va a envejecer bien. Quiero decir, que no te va a pasar como con Cincuenta sombras de Grey. Al principio, cuando llevaba entre manos este libro, pensaban de mí en lo escarecía que estaba para necesitar ese calentón. Si lo llevara ahora, lo mínimo que me tacharían sería de gilipollas… y con razón, ningún libro superará nunca-nunca el kamasutra.

Si te ven con Babilonia entre manos, como mucho las blobas se apiadarán de ti pensando en que es un regalo de tu pareja actual, francés por supuesto. El libro de Yasmina Reza tiene ese puntito franchute que te da empacho cuando terminas con él. ¡Joder, Yasmina que te dedicas medio libro a hablar de fotografías! Y para colmo, fotografías del libro Los americanos de Robert Franck, autor que conocen solo en su casa y a la hora de comer. ¡Si tú misma reconoces que Los americanos es “el libro más triste de la tierra”…! Y todo para que puedan afirmar las blobas, mirándome por encima del hombro, que tu libro Babilonia es una zambullida en el espacio-tiempo. ¡Pues qué bien!

Dicen que Yasmina Reza tiene el don de saber alternar las descripciones irónicas y mundanas con los diálogos más elaborados; que sabe transitar sin fricción de los detalles más nimios a lo general. En fin, muchas cosas positivas, como el desdén que le manifiesta a todos los blobos y  blobas, como yo… quiero decir que yo también manifiesto desdén a las blobas. A los blobos… dependen de cómo se hayan portado conmigo, no digo cuándo ni dónde.

Bueno, a lo que iba, que Yasmina es un pedazo de escritora, pero en Babilonia hay algo que no funciona desde el principio. A ver, ¿a quién se le ocurre crear como personaje principal una ingeniera de patentes? ¿Conoces alguna? Un personaje imposible no puede tomarse en serio, menos si me la tienen (in)felizmente casada aún con el mismo hombre, Pierre, un marido paciente y delicado sobre el que dice: “Le reprocho su amor incondicional. No me pone en peligro. No me magnifica. Le gusto incluso fea, lo cual no resulta nada tranquilizador".

Elisabeth, el personaje principal de la novela, no cuadra. Yasmina se ha pasado de rosca, su ingeniera no puede funcionar bien, es imposible. Se le supone a una ingeniera que es lista e inteligente. Pero una mujer con dos dedos de frente no adquiere un vestido pensando que le va a durar cincuenta años… ¡Ah vale, que al marido lo trato como un trapo! Bien mirado…

La fiesta primaveral que Yasmina se inventa a continuación de Los americanos no está mal. Muy bien puesto, claro está, para darle emoción al relato, que con el tema de la fotografía ha quedado en estado comatoso. En la fiesta se suceden descripciones y diálogos muy entretenidos. En esta parte todas las blobas del mundo van a leer la novela prestando atención a cada palabra. Yo también.

A eso de las once, llegó Bernard, el hermano de Pierre, con un salchichón de la Selva Negra que no había modo de cortar. De todas formas, hacía rato que estábamos con los postres. Bernard trabaja de ingeniero para una empresa alemana que está construyendo un ascenso que se mueve sin cable y horizontalmente. Mi cuñado es un gran seductor, un enamorado de las primeras horas, de quien toda mujer debería huir al instante. Catherine Mussin, que carece de señales de alarma quedó embobada de inmediato por la levitación magnética. (...) Al final sólo quedábamos los Dienesmann, Bernard y nosotros. Bernard se puso enseguida a despotricar sobre Catherine Mussin, abroncándonos por no haber acudido a librarlo de ella. Al parecer Catherine le había dicho que estaba en su tercera estación. ¡Una mujer que te dice estoy en mi tercera estación te encoge la polla por siempre jamás!  

Luego está el tema del fiambre, ese asesinato a medio camino de la novela, que se relata como si la escritora se estuviera tomando un café frío: da nervios, pero no tiene emoción. La muerta, vecina de la protagonista, es como un florero en un desván, invisible pero bonito. La anécdota me recordaba un poemita que mi abuela recitaba (ahora que caigo, en esas ocasiones tenía una botella de anísdelmono al lado): Qué bonito es un entierro / Qué bonito es un entierro / Con su cajita de pino / Y su muertecito dentro. Yo creo que mi abuela recitaba esto para animarse porque veía cerca su momento, la pobre.

A partir del trajín con la muertecita, que no da pena ni nada, la novela se lee como si estuvieras bajando un terraplén, estás deseando llegar al final para descansar y no tienes ganas de entretenerte en contemplar el paisaje. Si vas acompañada bajando una cuesta, es inevitable que le des la mano a tu compañero. Es lo que sucede a la protagonista con Elisabeth y Jean-Lino, el autor del desaguisado mortuorio –a tenor de las ocurrencias del pobrecito dudamos de la salud mental, de él y ...–.

Tras la cuesta, el remanso, donde los autores se ponen muy bien puestos y lucidos. La novela termina con frases para descerrajar el cerebro de las blobas, que en la vida sabrán qué quiso decir Yasmina:

La historia se escribía por encima de nuestras cabezas. No podíamos impedir lo que sucedía. Quien acababa de pasar era Lino Manoscrivi y al propio tiempo cualquier hombre embarcado. Recordé la sensación de pertenencia a un todo oscuro...