LECHE CALIENTE ( IV)

Este mediodía me propuse dar una vuelta por el centro. Quería rematar la reseña del libro antes de que mis amigas pusieran el grito en el cielo; la paciencia no es una cinta de Moebius de la que puedas tirar sin fin.  Al fin y al cabo, ¿qué tenía Leche caliente para que demorase la entrega, un día sí y otro también? Un paseo me vendría bien para aclarar las ideas antes de comenzar a escribir mis apreciaciones sobre el libro.

En esta época, las cafeterías extienden sus dominios amamantándose del sol cremoso y lácteo de la pre-primavera. El sol de mediodía invita a lagartarse con el último café de la mañana por delante, como comprobé en mitad de mi caminata que hacía Jesús en compañía de una chica. Por referencias, sabía de ella y de sus querencias, literarias o de otro tipo. Guapa, un pelín sabihondilla y mucho metomentodo. Ante la mirada -¿impasible?- de Jesús, ella abría y cerraba las piernas como un abanico sharonstón, más de vez que en cuando, supongo que para aliviar calores. Decidí que ella no le convenía a Jesús.

Un impulso feromónico me acercó a ellos, y no me resistí a una auto invitación para sentarme a compartir mesa y aperitivo. Jesús, despistado –o no-, obvió las presentaciones. No hacían falta, ella también sabia de mí.

Señalé al libro que ella tenía entre manos, Polvos y palabras de Bella de Court

—¿Leyendo el manual de instrucciones? —le pregunté sonriendo. No quería zaherir, sino mostrar mis credenciales.

—Anaïs, no todas tenemos la capacidad de ligar que muestras tú.

Me alarmó que no se lo tomase a mal.

—Chica, yo no ligo… Donde pongo el ojo, pongo la braga; perdón, la bala —consideré que no debía responder al halago con un cumplido. Había que ponerla en su sitio, nunca se sabe.

Jesús comprendió que ella disponía ahora de carta de libertad para expulsarme de allí como un espantapájaros. Optó por avisar al camarero, intentando con el gesto desviar nuestra atención y que parase el pimpampum entre nosotras. No lo consiguió.

—Creo que siempre es bueno conocer; al fin y al cabo, también es literatura —la chica mantenía Polvos y palabras en alto, mientras hablaba—. Aunque no descarto que sirva para principiantes como yo en el arte de ligar. —afirmó con falsa humildad. El silencio pausó el engaño hasta que ella tomó la iniciativa. —Oye, el libro que estás leyendo, Leche caliente, ¿es para expertas?

—Sí, por supuesto —obvié el sentido de su pregunta—. En este libro hay mucha literatura, a pesar de la trama bizarra del relato, por algo le dieron premios. —Salvado el round, debía mostrar quién mandaba a quién y me lancé a tumba abierta. —Deduzco por el título de tu libro que sin polvos no hay palabras. ¿O es mejor decir, hacen falta palabras para polvos? ¿O los hay que te dejan sin palabra? Es interesante el tema.

La chica no se amilanó:

—Sí, sí, sobre eso investigo y me aplico todo lo que puedo y más. Fíjate, yo llevo uno ya en este fin de semana.

—¿Contando el de autoayuda? —repliqué a su descaro.

Touchée. Ella optó por evadirse, por eso se encaró con Jesús:

—Oye, estás muy callado… ¿Por qué no nos dices cuántos llevas tú, Jesús?

¡Ah, qué poco conocía ella a Jesús!

—Mi factor de olvido excede los valores normales. Estoy preocupado, tengo que ir al médico.

—Chico, cómo se nota que no quieres contestar la pregunta. —Se le notaba incómoda y molesta.

—¿Qué pregunta? —remató Jesús, a su estilo.

Jesús sabía jugar bien al baile de la escoba, que estaba de nuevo en manos de ella. Cariacontecida, su silencio incómodo no nos tranquilizó. ¿Estábamos en paz? Me acordé entonces de la máxima romana: “Si quieres la paz, haz la guerra” y aproveché que el camarero tomaba mi comanda para encargar:

—Para mí, un café bien cargado. Y con mucha leche. Muy caliente. La leche, digo.

La chica se resistía a admitir la derrota y espetó:

—¿Café cargado y mucha leche? Eso es un anacoluto.

Jesús intervino para imponer el armisticio:

—En todo caso, un oxímoron cafeínico. También es un anacoluto pensar en polvos como unidades contables, y todo por diferenciarlos del polvo físico y real presente en nuestras vidas. ¡Qué más da uno que cien! ¿De cuántos te acuerdas luego? No existe la palabra en el diccionario, lo sé, pero prefiero distinguir como pulvurencia la cualidad de transformar todo lo genital en un ejercicio matemático. Es verdad que también es literatura, pero no creo en la literatura pulvurenta. Eros no es un dios cuentapolvos, me parece.

¡Ay, cómo me puso que Jesús me defendiera! Pensando bien, no sé si cuenta en la estadística los que una adelanta en pensamiento, pero aún me imagino desbragada, deslenguada y sin todas las des del mundo con Jesús.