LECHE CALIENTE  (III)

¡Qué frío, dios mío! La charla con Lola ha sido el barrido de un frente polar que me ha dejado la libido bajo cero. Congelado, literalmente. ¿Cómo lucir mis artes antiblóbicas en estas condiciones? No puedo asistir hoy a la presentación de un nuevo libro del bloboescritor al que le he echado un ojo, claro. ¡Y todo por obra y gracia de Lola!

Lola es mucha Lola.

Una vez más, tuve que ir en socorro de ella porque, de nuevo, le había dejado un blobo supino. Pocos meses le había durado a Lola esta relación sin futuro, como preveíamos todos. La única que no se entera de cuándo un maromo va de picoteo con ella es Lola, que estudió para tonta con matrícula de honor. Ahora, Lola está depre, la pobre, y toca consolarla.

Habíamos quedado en una cafetería con terraza, con mucho tránsito de público. A ella le gusta ese sitio porque allí exhibe su montaña rusa afectiva, con un individuo a su lado en la cumbre, o conmigo en los bajones súbitos. En ese pasillo pasagente la ve todo el mundo, feliz o destrozada, según el caso; le gusta que los demás vean lo bienmal que se lo está pasando.

Pero quedar con Lola es como entrar en una autopista, solo existe una dirección y no hay salida sin peaje. Yo sabía que tendría escuchar sus lamentos y muchos esto-solo-me-pasa-a-mí, sin darse cuenta de que su diagnóstico es certero: el problema es ella, sus querencias blóbicas, su innata propensión a elegir al fulano más inadecuado.

Cuando acudí a la cita, estaba preparada para todo, pero no para el frío del sitio , que convirtió el tiempo eterno de estar con ella en un infierno gélido. Me pilló desprevenida, no me había puesto ni doble leggins, ni camiseta térmica, ni abrigo, ni gorro ni guantes. Por el contrario, Lola llevaba un traje fresquito. No sabía hasta qué extremo ella es inmune al frío.

Pedí chocolate con churros. Lola, un helado de ron con pasas y una copa de ron matusalén, que combinan. Ya se sabe, las penas con pan son menos y el matusalén es mano de santo en estos casos.

Cuando el churro se convirtió en un arpón incapaz de clavarse en la superficie groenlándica del chocolate, escapé del corredor de la muerte y dejé a Lola con sus cuitas. Podía irme tranquila, el llanto inicial era ya solo un rosario de lloriqueos y muchas miradas de intercambios blóbicos con algunos paseantes. Me marché con el agridulce sabor de una amistad asimétrica. En la mente de Lola, los problemas pasan delante de mí, pero no les saludo. “A ti no te pasa esto nunca” —me decía con su cortina de lágrimas como espejo donde mirarme—, “como no tienes pareja, ni la quieres tener…” ¡No te jodes! Me fastidia darme cuenta de que ahora soy yo quien necesita consuelo.

De pronto me he acordado de Jesús. Con el recuerdo, la rana de Alaska criogenizada en que me he convertido comienza a revivir.

Hablé con Jesús hace poco. Estuvimos comentando el último libro que yo había leído, Leche caliente. El frío y la asociación de ideas me lleva a él. A Jesús, digo. Me he acordado de él y siento la necesidad de estar con él. Aunque no sé qué trajines lúdico-amorosos se lleva, porque cuando le hablo de chicas y tal me comenta: “Las tentaciones hay que pasarlas atadas al mástil y con cera en los oídos”. Jesús da por supuesto que he leído la Odisea y recibo la confianza con halago de sabihonda, pero me pregunto cuántas Penélopes esperan a este Jesús en sus viajes a Ítaca. Es un misterio.

Con Jesús me siento segura y tranquila. Me parece que es de los pocos que parecen ver paréntesis en la suave forma de mis pechos, un punto en mi ombligo y puntos sucesivos donde otros ven un triángulo de toma y daca. No es misógino, simplemente espera que alguien le desate las cuerdas y descere sus respetos, eso creo, como estoy dispuesta hacer ahora que estoy recuperando sensaciones en mi punto G.

G de ganas, de gozo, de gusto, de gemidos…

Ya está. Decidido. Llamaré a Jesús. Iré a su casa, tocaré las teclas que hagan falta, pero seguro que lo consigo. Me abrirá las puertas y dejará que me comporte como me plazca, sin obstáculos. Es un encanto. Ya me imagino tapadita con el suave tacto de una piel de oso sobre mi piel y con el dulce calor de la chimenea ocultando el rubor de mis mejillas…

Entonces, caliente por dentro y por fuera, brindaré con Jesús por los buenos tiempos. ¡Ay, qué gustito!