LECHE CALIENTE  (II)

La muchacha desblobada e ingenua se paró ante mí. Me escrutó durante unos instantes, como quien analiza un cuadro de museo, antes de asentir levemente con la cabeza. “Es ella”, debió pensar.

—Las de JA, que eres muy dejá. —Respiró aliviada como si hubiera acabado un largo discurso o el recitado de un poema especialmente complicado.

A su edad, yo experimenté sensaciones de alivio similares. En el insti nos obligaban a recitar poemas de celebérrimos escritores para “aprender literatura y hablar en público”: Menos mal que teníamos que estudiar poetas con soniquete, mucha rima y tal. Eran poemas fáciles de aprender: “Del salón, en el ángulo oscuro”, “Río Duero, río Duero”, “El mar. La mar. El mar. ¡Sólo la mar!”… Luego me hice más del Guillén de “Sóngoro cosongo” que del triste Machado, hasta que desistí de aprender nada. Ahora leo la poesía de Josefa Parra, Dolors Alberola, María do Sameiro… Disfruto con sus poemas, pero no los puedo aprender, ¡la rima libre los pone imposibles!

Antes de aprender poemitas tuve una experiencia definitiva, como la de esta niña que me mira esperando una respuesta con carita de torta inésrosales (la expresión es de la panadera del barrio, sevillana muy devota de la Virgen del Rocío “a pesar de esa cara inésrosales que le han puesto”).

Participé, digo, en una función de teatro. Como actriz. Fue mi primer papel, y único hasta el momento. Yo hacía de niña, era niña, que al final de la obra entraba en el escenario, miraba hacia una silla ocupada por un hombre, a quien me debía dirigir extendiendo los brazos y gritando “¡¡¡Papá!!!” justo en el momento en que se bajaba el telón. No se crean, era un papel muy difícil. El autor-director de la obra (también era actor, el que hacía de padre) insistía en la importantísima función estructural que tenía mi interpretación en ese papel monoétimo. Mi papel, más que la reconciliación entre mis padres de ficción, “representaba el triunfo del vocativo como concordancia y punto de equilibrio en la eterna lucha entre el posesivo y el demostrativo”, nos aleccionaba el dramaturgo (ahora que caigo, me parece que fue el primer blobo que se cruzó en mi camino). Yo debía expresar un “papá” prosódico en cada sílaba, marcando en las pes el carácter implosivo como resumen del drama desarrollado y el explosivo-expansivo de las aes abiertas como expresión de la libertad. En resumen, yo debía formular un “papá” más enfático que sentimental, lanzando al aire el triunfo del matriarcado comprensivo con el papel del hombre en la familia de hoy en día.

Bordé el papel. Grité entusiasmada por liberarme de tanta carga semántica en un “papá” que subió a las estrellas. Aún más, como buena actriz introduje una “morcilla”, y añadí “¡¡¡Papi!!! con intención dedicatoria a mi verdadero padre, situado en la primera fila. Fue un “papi” dulcemente apretado en las pes, como sus arrumacos reales, un abrazo prosódico en la a de amor, y finalicé con una i pedorreica y eterna, tan prolongada como el sentimiento filial imperecedero que me embargaba y quería expresar...

El abrazo asfixiante del actor-director-autor-blogo y su incomprensible “la has cagado” que brotó de su boca mientras el telón besaba el proscenio frustró mi noche de gloria actoral. No se lo perdonaré en la vida.

—Las de JA, que eres muy dejá —repitió paciente la muchacha giocondina.

Sabía el significado de esa frase. La revista Jaula Azul tenía un debe en la casilla de Anaïs Vera; o sea, yo. No había finalizado aún la reseña sobre el libro Leche caliente, cuyo hervor prolongado amenazaba en convertirla en pura nata.

¿Soy procrastinadora? Quizás. Procrastinación. Me encanta esa palabra, la fuerza de su pronunciación, el anuncio del placer postergado, el misterioso empuje a dejar lo empezado para no privarse del placer del momento…

Con Luis, como llamé al blobo de marras en el episodio anterior de esta Leche caliente a punto de convertirse en serie, no lo fui en absoluto. En general, los blobos no son procrastinadores conmigo; suelen entrar en materia a la primera, con prisas de llegar al fondo de la cuestión cuanto antes y finalizar exitosos el propósito que les ronda la cabeza nada más verme. Me veo en la obligación de aplicar estrategias correctoras a tales afanes, como las consumiciones prolongadas a pie de barra. Aún más, les juego a pagar las consumiciones quien tarde más en conjugar el presente de indicativo del verbo procrastinar: “yo procrastino, tú procrastinas, él procrastina, nosotros procrastinamos, vosotros procrastináis, ellos procrastinan”. Siempre gano yo, que además de un cierto control en los ron cola tengo entrenamiento verbal con la palabrita desde que la descubrí.

—Las de JA, que eres muy dejá —lanzó como carta de apremio la chica de corazón de oro antes de alejarse.

¿Debería enfadarme con las de Jaula Azul por el requerimiento? En absoluto, no podría encontrarme más a gusto con ellas. Escribo sobre lo que se me apetece. Son bondadosas conmigo, y perdonan esa innata procrastinación literaria que me impide cumplir plazos. Son tan buenas como generosas. Otras hubieran entrado como la caballería polaca sobre mis absurdas propuestas temáticas, la difícil coherencia estructural de mis escritos, la falta de cohesión en el desarrollo, la complicada disposición sintáctica de mis frases, los errores orto-tipográficos que suelo prodigar. En fin, parecen unas almas cándidas con mis escritos a vuelapluma. No sé; a lo mejor es que ni los leen. Ya digo, me da que no.

—Las de JA, que son muy dejás —concluyo a modo de empate.

Quizá un día de estos, escriba la reseña de Leche caliente. ¡Ay! Vienen unas fiestas tan bonitas… ¡Cómo perdérselas escribiendo para las de Jaula Azul! Sería un crimen.