LECHE CALIENTE DE DEBORAH LEVY

EL bloboescritor de turno me regaló el libro Leche caliente de Deborah Levy.

 –Un Man Booker Prize, me dijo autosuficiente.

—¿Añada del 17? –contesté al tuntún, sin mostrar mi ignorancia blóbica al respecto.

  –Casi. Del 16 –aclaró medio riendo Luis (pongámosle un nombre, lo mismo acierto).

Con dos besos premonitorios de una secuela más efusiva, agradecí el regalo, aunque anoté mentalmente que tenía que consultar qué demonios era el Man Booker Prize. No me iban a pillar en un renuncio nunca más con este tema...

Luis me confesó luego que había aprendido mucho del libro de Deborah Levy –no me dijo qué, ni yo se lo pregunté-. "Sobre todo, me llama la atención el título del libro"!, afirmó mirándome como esperando una reacción de mí… que no tuvo respuesta.

En otras circunstancias hubiera tomado el regalo como un guiño promisorio en nuestro encuentro a solas y me hubiera "tirado al monte" con él y sus insinuaciones, pero Luis me pilló en mal momento. Ya había pensado yo cómo terminaría la cosa con Luis después de las copas y tal… Lo tenía decidido: no le iba a resultar nada agradable al blobo el final de esta aventura, porque llevaba preparando desde la noche anterior mi venganza con el incauto escritor. Y todo, porque Luis se había permitido el día anterior tontear delante de mis narices con una bloba novata que se le arrimó cuando ya estaba el terreno, o sea el maromo, señalado por mí. No podía consentir yo que, delante de todas, esa atrevida me arrebatara el pastel con la guinda ya puesta.

Desde luego, después de la consabida presentación de su libro me tuve que empeñar a fondo para apartar a la bloba de mi camino y liberar al escritor de sus arrumacos literarios, con los que casi se lo lleva a su terrero. ¡Maldita sea tu estampa!, pensé impotente. No podía contrarrestar su estrategia con otros comentarios, porque sería mojarme sin botas en el mismo charco... y sin saber si había fondo. Opté por callarme, resignada a mi (¿mala?) suerte. Pero acerté porque la bloba se equivocó; se pasó de lista en su perorata: “Me ha impresionado la fuerza de tu escritura, Luis; ni el Murakami de Crónica de un pájaro que da cuerda al mundo, orquesta tan a la perfección como tú una novela policoral y bla, bla, bla… --Ah ¿si? --contestó halagado el blobo, aunque pronto advertí que la pompa del embeleso en Luis había explotado…. Observé a Luis y por su expresión deduje que conocía de Murakami tanto como yo de integrales; o sea, nada. Querida enemibloba. Con Murakami pasa lo mismo que con Cervantes: todos los admiran, pero nadie lee sus obras… y muchos menos se conocen detalles tan concretos como los que querías colarle a Luis. Te olvidaste de la regla número 1 en la conquista del bloboescritor: ¡Nunca hay que humillarle con su ignorancia!

Aproveché el error de mi contrincante para atraer la atención de Luis, conseguí que sus ojos se dirigieran hacia mi escote -preparado en modo follow me-, que su olfato percibiera el toque seductor de mi perfume y recuperé la iniciativa comentándole a Luis que sus relatos de cama en su novela “parecen vividos en primera persona”.

--¿Tú crees? --preguntó reconfortado.

--Lo aseguro --le dije lo más sincera que pude--. En realidad, no me extrañaría que fueran autobiográficos. Porque de amores y placeres no conoces de oida, ¿verdad, Luis?

--Uno escribe siempre sobre su propia vida –contestó ufano.

“Te voy a dar yo a ti vida”, me dije. En ese instante, comencé a preparar mi venganza, segura ya de que Luis seguía mi rastro dejando con un palmo de narices a la imprudente bloba.

Por supuesto, en el reencuentro con Luis repetí perfume, escote y halagos comprometedores, que poco a poco se deslizaron a comentarios íntimos, inconfesables en otros contextos. Por si acaso, -bendito acaso- había perfumado mi habitación con esencia de rosa de Bulgaria, de efecto asegurado en el más apretado tú-y-yo...

Y todo continuó con el guión preparado.

Normalmente suelo dejar incólume al bloboescritor después de dos o tres pasadas, para que otras blobas puedan tener su bocado, a sabiendas que el manjar más suculento había caído ya en mis fauces. Pero esta vez no, tenía que dar una lección al escritor y la niñata por partida doble.

Así que con Leche caliente reposando en la mesita de noche me esforcé en exprimir el limón del blobo todo lo que pude una y otra vez, antes de llegar a mi momento pantera y darle el zarpazo final en señal de despedida ¿no habéis apreciado mis uñas en la foto? Lo dejé K.O. Durante un tiempo no podría mostrarse a pecho descubierto so pena de tener que dar explicaciones a las marcas de su piel, que proclamaban "¡Es mío!, ¡sólo mío!".

 

Han pasado unos días y hasta casi me arrepiento de mi venganza en plato frío que escarmentó a Luis. Aunque tengo que reconocer que él en el fondo –y Luis sabe llegar muy al fondo— llevaba razón. Con su “Leche caliente” –libro- me he sentido más que satisfecha…

(continuará)