LECHE CALIENTE (V)

Cuando terminó el concierto de piano, me encontré con Jesús a la salida. El afortunado encuentro era el segundo milagro del día, porque el concierto, llevando la contraria a John Cage, estuvo ausente de toses, estornudos, carraspeos, avisos de whatsapps, caídas de móviles al suelo, desenvolturas de caramelos o aleteos de abanicos. Dispuesta a que sucediera el tercer milagro conduje a Jesús a la terraza del bar situado justo frente al auditorio.

Nos sentamos en seis en punto. Con la excusa de alejarme del ruido de las otras mesas, pronto me ubiqué en disposición nueve en punto, como primer paso para llegar a las doce. A partir de ese momento, quién sabe si como Cenicienta encontraría al príncipe… ¡Ya me encargaría yo del encantamiento!

Jesús me estaba explicando la teoría de su amigo Francisco J. sobre el número aúreo en los acordes musicales —motivo para que el reloj adelantara rápidamente a diez en punto—, cuando Esperanza nos interrumpió:

—¡Qué suerte!... Me siento con vosotros —se autoinvitó, interponiéndose entre los dos.

El nombre de Esperanza es más ancho que su cuerpo, un silbido con rastas, pero tuve que atrasar a toda prisa el reloj para dejar hueco a su jarapa para el yoga, el cas cas de Ghana que utiliza en sus mantras, el Bhagavad Gita —su actual manual de consulta espiritual— y su inseparable bolsa, con un buen suministro de hierba.

—No sé cómo podéis aguantar esta mierda de mundo a base de cervecitas y tal. —Señaló nuestras consumiciones, mientras hacía señas al camarero. No hace falta aclarar que ella es vegana, ecologista, animalista, mitú, antisistema, anticapitalista y todos lo antis que congenien con su espíritu solidario, reivindicativo y de compromiso social activo y practicante.

—A mí un té verde, por favor.

A Esperanza le gusta el verde, su color preferido. Y fumar un porrito de vez en cuando – más bien en cuando que de vez—. Comenzó a hurgar en la bolsa, que lucía un lema bordado en el centro: Mar y Juana, y para calcular la cantidad nos ofreció:

—¿Queréis?

Jesús no fuma y yo… En esos casos me lo juego a cara o cruz. Siempre sale cara, pero ese día no llevaba moneda encima.

—¡Ay, es que tan bien ahora…! O sa, que tengo muchas cosas de las que hablar, porque he encontrado la luz. O sa, que cada día estoy más feliz porque estoy en el camino, ¿me entiendes? Ya veréis cuando os cuente.

Jesús se percató, aterrorizado más que admirado, de la experiencia de Esperanza en la preparación del porrito quinsais, que encendió sin pausa. Esperanza es una monada, pero me dio por pensar que pronto le estaría proponiendo a Jesús compartir una sesión tantromágica de las suyas, con baño de luna incluido. Esa noche había luna llena, así que… Me dio un subidón antispes, por lo que tercié antes de que ella tomara la iniciativa:

—Estoy preparando ya la reseña de Leche Caliente.

—¡Te has animado, por fin!

— Sí, Jesús. ¿Sabéis qué? He llegado a la conclusión de que, por la disposición de la estructura y los ingredientes literarios que utiliza en el relato, la novela parece una paella con chorizo.

—¡Qué horror, Anaïs! O sa, ¡¡qué horror!!

—¿Lo del chorizo? El remate extravagante es muy inglés —comenté.

—No, hija, me parece poco apropiado lo que comentas. O sa, que la comida no tiene nada que ver con la literatura.

—Pues para no tenerlo, cada vez hay más cafés-librería e invitaciones a un piscolabis al término de las presentaciones de libros.

—Pero eso es porque tienen que vender. La pasta es la pasta. O sa, que el mundo capitalista está contaminando todo. No quieren que pensemos, solo que comamos. O sa, pan y circo, ¿me entiendes? No quieren que leamos libros de verdad, ni que hablemos entre nosotras de cómo cambiar el mundo. O sa, de hacer la revolución, si es necesario. La literatura nos libera y con el estómago nos compran y alienan.

El argumentario de Esperanza podría alargarse hasta el infinito. Sabía cómo incorporar citas de Rabindranath Tagore, Mao-Tse-Tung, Ramoncín y del Dalai Lama si hiciera falta para componer un discurso antiantianti. Sin embargo, repentinamente, hizo una pausa (creo que quería abreviar apremiada por la idea de pasar pronto a su propuesta tántroyóguica), encendió su segundo canuto y concluyó:

—Literatura y comida son incompatibles, ¿me entiendes? O sa, que no puede ser. Chica, porque hoy tengo el karma a tope, gracias a la recarga de energía solariopránica de esta tarde, que si no… Por lo que dices, esa Leche caliente no es más que basura literaria de consumo.

—Pues yo opino que no. Que es una buena novela. Y me mantengo: me parece una paella con chorizo…

Me quedé callada, tenía la mente en blanco. Me daba rabia porque quería castigarla como fuera. La intrusa había congelado y retrasado el tiempo que había corrido a favor mío hasta el momento. Deseaba ahora anonadarla con mis argumentos pro gastronomía literaria y me urgía mostrar mi capacidad dialéctica. En esos casos se suele decir muchas bobadas y cuando las bobadas se visten con traje de sabihondilla se convierten en solemnes tonterías:

—La literatura debe reflejar la vida y la asociación del habla con la comida es tendencia humana natural. ¿No te han dicho que tus tetas son limones, peras o cosas parecidas? (a la vista de sus pechos filoalámbricos, supuse que no). ¿No es literatura, grosera si se quiere, el piropo: “¡Te comería entera!”?  Son ejemplos de literatura popular que surge como expresión atávica y duradera.

El globo kármico de Esperanza explotó. En su tercer peta disertó sobre la necesidad de borrar todo vestigio machista en la literatura y nuestra obligación socioliteraria (tú también, ¿eh, Jesús?) de hacer visible la verdadera naturaleza humana, de la que es paradigma la mujer:

—Como el mundo vegetal en el que deberíamos habitar, la mujer chupa y bebe jugos nutritivos, por eso somo pacíficas y pacifistas, amables e inteligentes, ¿me entiendes? O sa, somos la humanidad. En cambio, el hombre… ¡Puaf! La mujer debe oponerse al comportamiento fálico-agresivo del hombre, ¿me entiendes? El hombre come a bocados, porque aún sigue siendo animal. O sa, inhumano.

Creo que, al verme en apuros, Jesús aprovechó la calada de Esperanza al flay para opinar:

—La Biblia, que es el primer relato que yo conozca, comienza con el relato de una comida con trampa, con un bocado al fruto del árbol de la ciencia y del mal. Con ese bocado se perdió el Paraíso y también la inocencia. Creo que, aunque Adán y Eva no hubieran comido la manzana, tampoco hubiera habido Paraíso, porque el mundo no se entiende sin literatura, que nació de ese pecado de gula.

¿Le comenzaba a hacer efecto a Jesús el fumaque? Eso pensé al principio, pero luego me di cuenta de que él quería desviar el foco de atención de Esperanza. Lo consiguió, a sabiendas de que perdía su oportunidad de polvo tántrico a la luz de la luna; el método de anulación proteica del yo masculino al disolverse e integrarse en el yo femenino, símbolo y expresión de la madre naturaleza, (O sa, polvo), pero me percaté de que enfrentándose a Esperanza, Jesús me daba la oportunidad de escapar de allí. Me retiré mientras que Jesús recibía el correspondiente y prolongadísimo rapa (sin concesiones, qué se creía Jesús. Esperanza era cruel cuando se lo proponía). Era ya cerca de medianoche y, como Ceninienta, me marché sin darle tiempo ni ocasión para hablarle…

Al rato, ya en casa, me dejé abrazar por la luna llena que acunaba mi cama. Aún tenía el dulce sabor del gesto de Jesús y el recuerdo de sus palabras edénicas. A punto de dormirme recité:

Adán, mi dulce Adán.
Me acerqué a tu cintura. Quise decir: cintura.
Con mi boca y mi lengua
rocé y abrí tus labios. Quise decirte: fuego.
Con mis dientes
fui siguiendo los ríos
que bajan por tu cuello desbocados y azules
hasta anudar los vértigos del agua
debajo de tu ombligo.

 

Esa noche, soñé con el bocado de Adán sin vergüenza. Tenía cara de Jesús.