Con su vientre gris y sus cabellos blanquísimos las nubes abultadas avanzaban rápido, como lágrimas gigantes.

El sol seguía rompiendo los erizos, las hojas de los castaños eran una canción de mariposas que dormían en el suelo. 

 

– Aquí tiene las castañas que le traje ayer. 

 

La madre de Clara se levantó acercándose a una caja sobre el poyo de la ventana, cogió con sus manos las castañas húmedas y las sopesó con sus dedos. 

 

– Gracias hija, esta tarde asaré unas cuantas, aunque estas son reboldanas... no fuiste a nuestro tapao...

 

– Pues si no le gustan las tira y déjame tranquila. 

 

La madre agachó la mirada y arrastrando la tristeza con los pies se sentó junto a la lumbre.

 

Ese calor suave y reconfortante era el mismo que sentía Ángel con los cuidados de su hermana. La tos parecía empezar a remitir.

Por la ventana de la habitación un rayo de sol impactó en las sábanas blancas e iluminó el rostro de Elisa. 

 

– Ángel, el médico dice que en unos días te darán el alta. Quiero que vengas a casa con nosotros, que estés allí cuando nazca el niño. Ya sabes que estoy casi todo el día sola y tú en esa casa de alquiler no pintas nada. 

 

Ángel asintió y aún débil por las fiebres y la tos se dejó mecer en la tranquilidad. Elisa aprovechó para salir, se agobiaba bastante, necesitaba caminar y respirar el aire de la calle. 

 

Pedro acababa de salir de aquel Hostal, donde ya lo conocían como el cabizbajo y mustio. Rápido se precipitaba la gente a poner apodos sin conocer las circunstancias personales de cada cual. Era tal su estado que ni se había percatado del olor a moqueta infecta, al moho de aquellas habitaciones. En otras circunstancias no hubiera pisado allí, pero obligado se vio.

Ya en el hospital, ansioso, subió para volver a rozar la piel de ella. Seguía sin reaccionar ante los estímulos. Le hablaba, le susurraba al oído, le acariciaba, le recordaba los buenos momentos vividos entre los dos. 

Mantenía la esperanza en cada parpadeo como si el milagro fuese a suceder en cualquier instante. 

 

Elisa se acercó al regresar de su paseo y asomada al grueso cristal observó cómo Pedro tejía hilos de luz alrededor de ella. Tan obnubilado estaba en rescatar de aquella profunda sima a su amor, que no percibió la presencia de su amiga. Una lágrima con gran carga de salinidad dejó un camino blanquecino en el rostro de Elisa que se fue rezando en voz baja para que todo volviese a la normalidad.

Al llegar a la planta de neumología observó al fondo del pasillo un alboroto. Los acompañantes de las habitaciones cercanas estaban cuchicheando entre ellos. Se aproximó con cierto reparo hasta la puerta cerrada de la habitación. Giró su cabeza antes de abrirla, todos la miraban de reojo o directamente y un nudo se le acomodó en la boca del estómago, una telaraña acentuada por insectos secos y ceniza.

Ángel seguía dormido, le tocó la frente y le agarró una mano. Parecía estar todo bien.

No entendía nada, ni el revuelo en el pasillo ni a aquella gente desconocida hostigándola con sus miradas punzantes. 

 

La puerta se abrió de repente y dio un pequeño brinco. Era una de las enfermeras de planta:

 

– Señora, venga un momento conmigo. 

 

                                                                                                                       Navasfrías, 20-01-2020

                                                                                                          ©® Aída Acosta