JÁLAMA IX

 

– Madre, deje ya de rezar que ayer estuvo toda la tarde. Voy a tener que esconderle el rosario… ¡Me tiene loca con tanta cantinela!

– Hija, así me entretengo y le pido a los ángeles que velen por tu prima, ¡pobrecita!

Clara torció el gesto y con un movimiento brusco alcanzó una bolsa de tela que le lanzó sobre el regazo:

– Ahí tiene con qué entretenerse. Haga punto o ganchillo y déjese de tanto rezo. Voy a salir y volveré a la hora de comer.

Abandonó rápidamente la estancia, la puerta dejó un latido metálico que se propagó como un grito.

Junto a la chimenea comenzó el traqueteo de las agujas, el tiempo tejido por las manos ancianas y la sabiduría del silencio.

Clara inició sus pasos por uno de los caminos hacia Matapellera, su andar era ligero, llevaba un paraguas negro y algo abultado bajo el brazo.

Hacia dónde se dirigía nadie lo supo nunca.

Aquella mañana se escuchaba el sonido de las castañas al aterrizar sobre el suelo, golpes secos que asustaban ante la inmensidad de la arboleda, los erizos se abrían mostrando el color brillante de los frutos.

Un golpe seco fue lo que sonó a kilómetros de allí, en aquella sala de cuidados intensivos. El brazo de ella se había movido fuera de la cama, con el espasmo cayó al suelo uno de los aparatos de medición de los impulsos vitales. Enseguida se formó alrededor un despliegue de batas blancas, le abrieron los párpados, recolocaron los cables. No sucedió nada más. Pedro estaba expectante, observaba tras el cristal el ir y venir de las enfermeras y su mirada se perdía en aquellas luces intermitentes. Se encontraba tan absorto que cuando una de las enfermeras le hizo gestos, no se dio cuenta. Volvió a llamarlo golpeando con los nudillos sobre el cristal para indicarle que podía entrar. Sus ojos se llenaron de estrellas. Iba a poder verla sin muros, hablarle al oído, rozar la piel de sus manos, pedirle que regresara de aquel invierno anticipado.

Cerca, muy cerca, Elisa cogía entre las suyas las manos de su hermano y las posaba sobre su vientre, entonces Ángel sonreía tímidamente. Quería contarle aquellas pesadillas que tuvo del gordo y el lobo, pero cuando lo intentaba, la tos cortaba el paso como vigilante del mundo onírico.

Lejos de allí, la madre de Clara se había levantado a mirar por la ventana, el humo resbalaba por los tejados como un susurro. Iba a llover. Echó más leña a la chimenea y atizó los troncos con las tenazas. 

– No voy a estal aquí encarapetá esperandu pol la mi hija, no sé cómu le pusi Clara con lu escura que es... no leh dau a tiempu una buena lambá. 

Con la badila sacó unas brasas, barrió la ceniza con el henillo y puso el puchero en las trébedes. 

– A sabel a qué horas vieni esta. Así es que me voy hacel un caldu patatas en la mi lumbri... aguarelu comu a mí me gusta.

Siempre que estaba sola hablaba en alto, en el dialecto con el que creció, sin embargo, delante de su hija no lo hacía para evitar que le recriminase hablar mal, como una antigua, como le solía decir. Por eso le encantaban las escasas visitas de su sobrina que siempre preguntaba por el nombre de las cosas en el habla de El Rebollar.

Comenzó a chispear en el momento en el que Clara bajaba desde la Fuente Grande por el camino próximo a la Plaza de Toros. Abrió su paraguas. No traía el bulto, sólo una pequeña bolsa en la mano.

Cuando llegó a casa su madre ya había comido. Se escuchaba el crepitar de las llamas que crecían con violencia y el tintineo de las agujas chocando entre sí, una larga bufanda se ovillaba a los pies como gato dormido.

  

Ciudad Rodrigo, 29-11-2019