Jálama

 

No sabe cómo llegó hasta allí.

Estaba descalza, un murmullo de liquen trepaba por sus dedos.

Agujas de hielo impedían desatar sus manos de aquella tierra húmeda.

Más allá de sus ojos el cielo era tremendamente azul, sólo pronunciaban el paso de las horas unas tímidas nubes y el vuelo de tres córvidos enormes cuyo graznido era un eco enfermizo.

Al este se alzaba impetuosa una roca de granito que ocultaba el sol, las escasas hojas que se aferraban a las ramas de los robles pronunciaban sílabas ocres.

De vez en cuando alguna ráfaga de viento soplaba ladera arriba y el aire se llenaba de aroma a tomillo.

El espantoso silencio de las rocas y la sombra tupida y pegajosa, advertían retales de tristeza en aquel día de finales de octubre.

En las horas más altas, un pequeño rayo impactó en su pupila y un vértigo de luz se apoderó de los recuerdos, despojada de toda memoria no era más que una extensión de aquella piedra gris donde el musgo había cedido al peso de su cuerpo.

Estaba sola, completamente sola.

Una lagartija recorría su largo cabello alborotado y desaparecía detrás de su cuello.

El hielo se había derretido y una de sus manos reposaba sobre una huella encharcada, con el sol los destellos del mineral eran hormigas de plata.

A dos metros sobre el matorral había un jirón de tela vaquera y junto a un tronco de brezo, una zapatilla con el cordón atado.

Los pequeños caminos de agua surgían entre las piedras y el rumor de gotas se escuchaba galopar en las entrañas de Jálama.

Un petirrojo buscando insectos se acercó hasta sus pies y picoteó uno de sus dedos, pero ella era una extraña, contrariado le dejó su alegre canto y prosiguió su búsqueda.

Alguien zurcía las horas y las convertía en una línea gris, ese pasado que nunca volvería a ser. Aseguraban que aquella montaña guardaba secretos, algunos caminos y senderos se abrían hasta la cumbre, eran muchos los que hacían del ascenso un hábito para disfrutar del paisaje. Ahora en otoño, eran menos las visitas. El sol perdía su fuerza, según decían algunos antiguos moradores aquellos rayos se escondían en la tierra como una hiedra y se transformaban en diminutas pepitas de oro.

Todo era silencio, salvo ciertos momentos en los que crujían las ramas y se escuchaban pisadas sobre la hojarasca. El frío se estaba instalando de nuevo bajo su jersey. Unos pasos se oían cada vez más próximos, una sombra apareció junto a la roca, se aproximaba con sigilo. El sol al ocultarse hacía que los árboles parecieran fantasmas o bailarinas amputadas, las imágenes perdían nitidez y todo cobraba una nueva dimensión. Los pasos se detuvieron junto a ella, la rodearon, rozaron sus pies, luego sus manos, era un tacto suave, cálido.

Un empujón seco movió su cuerpo, un manantial de amapolas floreció a borbotones, se escuchaba lamer aquel reguero con ansiedad y urgencia.

La oscuridad se apoderaba de las zonas más bajas, la tela vaquera sobre el matorral era tan solo una mancha. El graznido de un cuervo volando hacia los robles asustó al zorro que se escabulló entre los brezos.

En pocos minutos la noche cubrió la sierra y el hielo se incrustó de nuevo en la huella, en sus manos, y el rastro de sangre perdió su color.

Las horas parecían detenerse con mayor ímpetu. No había luna, sólo las estrellas, algunas parecían hojas amarillas, la acompañaban.

La quietud ocupó su lugar.

Aquel cuerpo solitario se había difuminado completamente entre las rocas y el matorral.

La noche lanzó un grito y se llenó de sueños: sombras, ventanas azules, ruido, cristales rotos, flores deshojadas, pájaros sin alas, humo, el repique de campanas, palabras inconexas, una canción sin nombre…

Realidad paralela e ininteligible que muchos, si la conocieran, osarían convertir en puzle.

En aquellas largas horas de frío y oscuridad emergía como un susurro una vida diferente. Al rayar el alba, la puerta de la noche se cerró, un grupo de buitres coronó Jálama.

                                                           Ciudad Rodrigo, 20 Febrero 2019