JALAMA XI

Los hospitales siempre tienen una atmósfera peculiar, ese olor pastoso a desinfectante y aglomeración, ese calor que como hiedra trepadora te ahoga en sofocos.

El embarazo de Elisa pronunciaba con alteración ese olor, y tenía, para no perder el equilibrio y caer sobre sí misma, que taparse la nariz con un pañuelo impregnado en esencia de rosas. 

Caminando detrás de la enfermera lo apretó con sus dedos en el bolsillo y lo sacó antes de entrar en aquella sala cercana.

La enfermera la observó con cierto cariño y le dijo:

– Mire, es un poco embarazoso tener que contarle esto, pero hace menos de media hora estuvo la Guardia Civil preguntando por su hermano. 

Elisa parecía la fachada de una casa con enormes ventanas. Balbuceó:

– Pero... ¿Por qué? ¿Dijeron algo? ¿Hablaron con él?

– No le puedo decir mucho más. Quisieron verlo pero según instrucciones médicas es recomendable no despertarlo. Eso les dijimos. Eso sí, cuando le demos el alta tenemos que avisarles.

– No entiendo nada, gracias... – volvió a balbucear confundida, sacando nuevamente el pañuelo del bolsillo. 

– De nada señora – dirigió sus pupilas hacia la barriga de Elisa y añadió – usted esté tranquila que seguro que no es nada.

Elisa asintió acongojada, era incapaz de levantar la mirada de las baldosas. Recorrió el pasillo hacia la escalera y echó a correr como si todas aquellas miradas de alfiler se le estuviesen clavando en la espalda. Y aquel olor, aquel olor… que al pasar junto a los aseos fue como recibir de lleno el aliento de un alcohólico, esa mezcla entre dulzón y podrido.

Corrió más rápido y detuvo el paso al llegar a cuidados intensivos. 

Antes de atravesar la puerta del pasillo se dio cuenta del absurdo. Ir a buscar a Pedro no era buena idea, ya le dijo en la cafetería que no había vuelto a ver a su hermano desde que se marchó.

No era cierto, lo había visto, pero no lo reconoció. Fue cuando sacudido por un mar violento que le rompía todas las orillas permanecía meciendo su dolor en aquel tronco de pino. 

Deshizo sus pasos lentamente, la luz blanca de los fluorescentes proyectaba su sombra como una espiga. Regresó a la habitación, preocupada, nerviosa, pero sobre todo contenida, su hermano no debía saber nada de momento. 

Respiró hondo, abrió la puerta. Un halo de luz amarilla envolvía la cama. Ángel con sus iris intensamente azules la miró y esbozó una tímida sonrisa. Con un hilo de voz ahogado en toses, consiguió decir:

– A ti te pasa algo...

– No hermanito, no te preocupes... es el embarazo y los olores, ya sabes, me tienen descompuesta. 

– No deberías estar aquí, he mejorado algo y puedes irte al pueblo. 

– Pero...no quiero dejarte solo. 

– Vete, no estoy solo.  Sabes que te avisaré antes de que me den el alta y así me venís a recoger y ya está. 

– Bueno, pues si de verdad no te importa, esta tarde me voy, estoy cansada...

Pedro seguía pegado al grueso cristal como una gota que no acaba de caer. El sonido rítmico de los medidores de impulsos vitales y el parpadeo de las luces, lo tenían hipnotizado. Ensimismado estaba cuando sintió una mano sobre su hombro. 

 

                                                                                                         Madrid, 27-02-2020

                                                                                                          ©® Aída Acosta