Este año no pude escribir nada para el 8 de marzo. Siento tener que comenzar esta reflexión con un topicazo: todos los días son el día de la mujer, el perfil más vulnerable de todos los parásitos de la sociedad. Esta mañana, de entre toda la maraña de noticias, me detengo en un titular: el coronavirus pone en evidencia la carga sobre la mujer de los cuidados familiares. Para que haya amos tiene que darse la esclavitud y esta, como su vocablo, es femenina –la historia demuestra que siempre lo ha sido–.

Traemos el gen del cuidado de serie. Nunca ha habido mano de obra más rentable que el trabajo gratuito de las mujeres. Además, no solemos hacer mucho ruido, lo asumimos y seguimos, hasta que el cuerpo y la mente aguanten. Sin duda, me atrevo a afirmar que, a lo largo de nuestro ciclo vital, somos las que más abusamos del verbo renunciar. La sinergia del sistema patriarcal recae directamente sobre nosotras y en tiempos de crisis, esto se agudiza hasta límites alarmantes.

Sí, las crisis sirven para que nos replanteemos muchas cuestiones importantes. Una de las más evidentes es el desmedido riesgo que corre la sociedad ante una crisis de cuidados tan evidente: nunca se echa a suerte quién cuida y quién se queda sin cuidar, se da por sentado, salvo contadas excepciones, que aquí siempre nos toca la cruz a las mismas.

Las soluciones suelen llegar demasiado tarde. No estaría hablando de todo esto si viviera en un país que, a estas alturas, ya tuviera implantado una cultura empresarial y social en la que primaran la conciliación y los cuidados. Si ahora nos encontramos en el ojo de este huracán es porque aquí nunca ha interesado tomar conciencia de la necesidad inminente de atender a las necesidades de cuidados.

Que no nos engañen -y ahora no estoy haciendo ninguna distinción de género-, no es nuestra salud, ni nuestro bienestar lo que les preocupa ahora a los gobiernos, es la economía. Siempre es la economía. Ellos no están dispuestos a arriesgar un ápice de su integridad. Ahora, lo que interesa es que todo esto pase, que venga una gran ola y se lo lleve. Ellos pueden dormir tranquilos cada noche porque saben que, cuando despierten, nosotras seguiremos aquí.

© Laura Santiago Díaz. 11/03/2020.