Aprender dos veces

Hace unos días me tropecé casualmente con la frase que da título a esta humilde reflexión. Se le atribuye al ensayista francés Joseph Joubert: "enseñar es aprender dos veces". Desde mi experiencia como docente, no puedo estar más de acuerdo con él.

Adoro mi profesión, pero hay días en los que no entiendo nada y me alegra que sea así puesto que, de hacerlo, me vería tentada a querer bajarme del mundo. Vivimos en una sociedad que se encuentra a la deriva de casi todo. Cada vez hay más gente que ya no se molesta en pensar, gente que confía en que todo puede aprenderse a golpe de clic o mirándose un tutorial de youtube, gente que da por hecho que cualquiera está capacitado para dar lecciones.

Entiendo que los educadores tenemos una gran responsabilidad, pero ¿quién nos defiende cuando ni siquiera sabemos en qué bando luchamos? Si falla la raíz, ¿qué frutos esperamos recoger? En los últimos 50 años se han aprobado en nuestro país hasta siete leyes educativas y esa herida abierta que es el debate de la Educación, se ve más condicionada por los continuos enfrentamientos políticos e ideológicos que por lograr consensuar las verdaderas prioridades de nuestro sistema escolar.

Estamos perdiendo, no ya el norte, sino los cuatro puntos cardinales. La descabellada idea de instaurar un veto parental roza el fanatismo más peligroso, que atenta contra un derecho tan elemental como el que recoge el acceso a una educación que nos permita formarnos como personas libres que debemos saber forjarnos un criterio propio.

En estos tiempos el precio que tenemos que pagar por nuestros principios es demasiado alto, pero no, no podemos sucumbir, no debemos permitir que los centros educativos se conviertan en un campo de minas políticas e ideológicas. Soy madre de dos hijos menores y tengo muy claro que mis hijos no son de mi propiedad. Sus derechos están muy por encima de mis preferencias y me debe tranquilizar que los poderes públicos velen porque sean respetados en todo momento.

El artículo 27 de nuestra Constitución, en su apartado 2, lo recoge de forma muy clara: La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.

Los niños -y, añadiría, que esta máxima es extensible a cualquier etapa de la vida-, necesitan más de modelos que de críticos y no olvidemos que la libertad moral es la madre de toda las libertades. Esta lección me la enseñó la vida, la misma que me enseñó que las soluciones solo se encuentran cuando se buscan y que el objetivo de todo debate no debe ser el triunfo, sino el progreso. No lo olvidemos, con la educación no se juega.

© Laura Santiago Díaz