Imagino los titulares y se me llenan de olas los ojos

Quién nos diría, hace apenas unos meses, que cada día íbamos a amanecer con la incertidumbre tan presente. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿El detonante fue, como cuenta la leyenda, que un chino se comió un murciélago? Todos estaremos de acuerdo en que sea como sea, la película empezó mal y todos deseamos que termine mejor.

Sí, por una vez el tiempo está poniendo algunas cosas en su sitio ¿dónde están ahora todos esos valientes que sólo saben destrozar a pedradas los tejados ajenos? ¿Qué cuento nos creemos? Nadie ha sido educado para sortear las minas de este campo. Algunos no nos hemos visto nunca ante tan poco cielo al que implorar misericordia. Se yuxtaponen las cruces en los mapas y el virus tampoco entiende de clases sociales. Ahora, nos toca ocupar nuestro “no lugar”, aunque a algunos -a los de siempre-, lo único que les preocupa es poder sufragar sus gastos.

Tendremos que agarrarnos fuerte a alguna mentira, suplicar su cobertura y armarnos de estoicismo hasta que amaine la tormenta. Pero, sobre todo, deberíamos llevarlo con la máxima discreción. Al final, todos tendremos que jugarnos la vida al solitario. Aquí no importan tus años de experiencia, ni lo profunda que sea tu esperanza. Ahora, todos somos jueces y parte de un puzle líquido. Ya no nos avalan los pájaros en mano -me alegra comprobar que, por una vez, acertamos quienes siempre apostamos por los cientos volando-.

Ojalá que después de esta deriva, alcancemos una orilla en la que quepamos todos. Mientras tanto, cuidemos del único mango que tiene esta sartén. Si el horizonte aún no se ve, tendremos que pintarlo. Ahora, no tiene sentido ninguna desproporción. Blanqueemos el interior y que se pudran las fachadas. Salvemos sólo lo imprescindible, que es nuestra dignidad. El resto, ya se lo repartirán los buitres.

Dejemos de mirarnos el ombligo, ahora todos somos capitanes de este barco y nos toca remar hacia el único puerto que sigue en pie. Está en juego la vida y eso es muy serio. Algún día le tocará al enemigo tener miedo del antídoto que acabará con él. Mientras tanto, atrincherémonos en casa. Ya imagino los titulares y se me llenan de olas los ojos.

© Laura Santiago Díaz