GORRIÓN

Desde donde contemplo la mañana  
hay un vuelo rasante de película muda
sin acordes de piano ni gestos teatrales.
Es el negro sobre negro de la noche.
O el verde sobre el azul de la mañana.

Son unas sombras veloces que van de rama en rama,
y sin apenas movilizar el aire se abandonan
al trino pasajero y rompen el silencio de la calle
bajo un sol timorato que convocara el fuego.

Son guerreros camicaces suicidas,
pequeños gorriones sin temor en las alas
que me invitan a levantarme de la silla
y a marcharme tras ellos, elevarme en el vuelo
como si solo levantara la mirada,
a mezclarme sin recelo entre sus dinastías,
esquivar los aguijones verdes que atraviesan
la tarde y dormir en su nido, parapetada allí,
como la sombra que no tiene lugar donde posarse.

Me inyectan confianza entre el cuero y las venas.
Me advierten, por si acaso me pierdo, que,
por mi peso o mi altura o mi exceso de celo
yo no fuese capaz de llegar a las nubes,
me dejase caer sobre las ramas anaranjadas de los sueños.
Que no tema,
que ellos me sostienen con sus alas.

Del libro inédito Arena en los bolsillos 
© María Dolores Almeyda