ESCRIBIR

A menudo creo que escribo solo por dibujar palabras,
pienso que ese empeño mío es cómplice del miedo.
Como si fuese solo tiempo lo que acaba entre mis manos,
y nunca la expresión, el paradigma, el verbo.

 

Lamento en un rincón de eso que llamamos alma, a aquellos que leerán mis poemas una vez y comprueben cómo destrozo las raíces del verso, invento una oración para absorberme y otorgo un armisticio para la palabra, descalcifico el uso de la fragilidad de la materia, cuando los pareados surgen como chorros fluidos de la fuente sin poder ser contenidos, porque nada puede contener lo que mana insaciable de la tierra.
Perdonen la metáfora sedienta. Sangrienta. Ha surgido como moluscos mezclados con arena de la playa.
Estaba leyendo poemas de Wislawa y me toqué la frente por sacudirme algo que me sentía dentro y me dolía fuera. Era un grano de pus que transpiraba a gritos poesía. La suya. No la mía.
Y yo aquí, entre mis conchas vacías imaginando arena sin haber aprendido a masticarla.
Y pienso en los poetas que escribieron, a los que nunca les importó la premura del tiempo que vivía ante ellos ni más allá de ellos; la vida intemporal que les quedaba para escribir sus versos; en las voces que gritaron poesía, en los hombres y mujeres que murieron por escribir renglones de versos como puños, como estaño, como hierro fundido, como escarcha, estalactita que cuelga en el hervidero de la sangre del templo donde se levantaron catedrales de palabras, que imaginaron mundos y crearon fantasías y aprendieron a dormir con los ojos abiertos, por si acaso…

Por si acaso la luz, o la censura,
o el paso de la pluma por la arena olvidada
como viento deshecho en los bolsillos
despertara con un grito o con un disparo a sus fantasmas.

Y quedaron así, quietos, dormidos, como muertos de amor en una playa.

 

Del libro inédito Arena en los bolsillos 
© María Dolores Almeyda